Por: Arturo Guerrero

"Amazona", maternidad y desnudo albedrío

El documental ´Amazona´ no deja quieto a nadie. Agita los líquidos interiores de los espectadores. A propósito de su planteamiento central obliga a definir posiciones entre partidarios de la ruptura con la historia y aferrados a los ademanes del inconsciente milenario.

Por supuesto que los asuntos de la vida real no se dejan partir como queso con cuchillo. Nada es inmaculadamente blanco ni tenebrosamente oscuro. El brinco entre una época y las siguientes viene contaminado de incertidumbre.

 De ahí que quienes siguen las cautas preguntas de Clare, directora e hija, y las pausadas réplicas de Val, madre y viajera perpetua, salen de la sala con una espina espiritual atravesada en el opinadero.

Esta ambigüedad intrínseca emparienta la película con el arte. Porque el arte no es discurso único sino tumulto de acercamientos al misterio. Tanto la hija como la madre titubean, acogen silencios largos, se esmeran en tratar con guantes muelles la relación básica de amor que las atormenta.

Pero claro, no hay unanimidad en sus posiciones. Clare y su hermano Diego reclaman por su pasado de niños de madre ausente. Los ojos afligidos de ella y el verbo acusatorio de él ante su extravío en las drogas, formulan un expediente contra la madre pensativa y selvática.

Por su parte Val, inglesa, octogenaria, incansable y anclada en una libertad de los delirantes años sesenta, sostiene sin flaquear argumentos sacados del paraíso original. No obstante algunas lágrimas blancas recorren las grietas de su cutis que ha trajinado tanto.

 ¨Amazona´ no es un tribunal de Núremberg. Incluso madre e hija embarazada bailan trenzadas en un rito purificatorio que irrumpe con entera espontaneidad. La directora y coprotagonista no hace cantaleta, no extiende su índice para recriminar a esa señora de contextura adolescente que es su madre vieja.   

En este sentido es ejemplar para este país entreverado de trizas y cizañas. Las dos generaciones no se ponen de acuerdo sobre las obligaciones y emancipaciones del amor materno. Logran, eso sí, coexistir.

Se observan con cariño contenido, se saben parte de la misma carne, intentan adivinar los motivos del otro. La controversia no se zanja pero un agua purificadora cae sobre su trayectoria. El filme ha sido bálsamo que incluye al bebé en gestación, tercera generación que nacerá con algún enigma bajo el brazo.

En cuanto a su planteamiento central, que no deja indiferente a nadie, las dos partes pronuncian su altercado claro. A los hijos les quedó faltando mamá. Esta sigue buscando lo de siempre, un lugar donde realizar su esencia humana.

Clare y Diego se plantan en tanto víctimas pues la sociedad no está diseñada para acoger como nicho afectivo colectivo a los pequeños engendrados por los desbrozadores del futuro.

Val insiste en su radicalidad de amazona contra los convencionalismos. Desdeña la marca que los siglos han signado en el inconsciente femenino con relación a la maternidad, a sus prerrogativas y tabúes. Se yergue como guerrera ermitaña ante su destino de desnudo albedrío.

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