Por: Columnista invitado

Amen, sin tilde

Por Pedro Santos

¿Por qué tiene que ser una lucha política mi forma de ser? ¿Por qué sigo explicando a la gente que, así como ellos no eligieron a quién amar, yo tampoco? ¿Por qué desechan sin razón cualidades mías mucho más interesantes? Como que soy buen hijo, buena persona, estudioso, curioso. Que puedo enfrentar mis miedos y mis problemas con valentía. Que estoy orgulloso de mis logros y de haberme abierto puertas en mundos difíciles. Que nunca he querido hacerle daño a nadie.

Sin embargo, nada de eso parece ser importante. Antes que todo eso, soy homosexual. ¿Por qué?

¿Se imaginan que los echaran de la casa por tener una novia bajita? ¿Se imaginan que sus padres los creyeran una aberración porque les gustan las verduras? Así de ridículos son los argumentos que utilizan cuando me rotulan de esa manera. Yo no amanecí un día y dije: “Qué chimba, voy a ser marica”. Y aunque durante muchos años lo único que quise fue no serlo, hoy en día estoy orgulloso y, si fuera mi elección, no cambiaría nada.

Muchos despertamos a diario con noticias de aspirantes a cargos políticos usando algo tan íntimo como nuestra identidad sexual para ganar votos. Desprestigiándonos. Incitando a otros a odiarnos. A quitarnos nuestros derechos.

Sé cómo vivir con comentarios excluyentes y dolorosos. Lo que es intolerable y peligroso, con ese pánico moral que quieren incitar quienes en ámbitos políticos usan esa ideología de odio, es el precedente que crea en una sociedad. Hoy son los homosexuales, mañana pueden ser quienes sufren de una condición de discapacidad.

¿Cómo así que ahora en política es una bandera valida estigmatizar una condición humana normal que, además, supuestamente necesita ser arreglada? ¿Ahora soy un ciudadano de segunda que necesita reparación?

Entonces tendríamos que reparar a gran parte de la población que vive en situaciones que incomodan a aquellos que proclaman que solo hay un tipo de familia. La abuela que adopta a su nieto al quedar huérfano: ¡al taller! La madre soltera con hijos de padres distintos: ¡mandémosla al taller!

Qué importa que el marido sea abusivo, qué importa que el amor se haya acabado. Todo por la institución. ¿Que se divorció porque su marido le pegaba? Bueno, lo sentimos. Al taller.

Toda esta guerra que algunos políticos han decidido hacerles a las minorías no tiene sino un nombre: poder. Nos dividen, como si no pudiéramos ser cristianos o católicos. Como si nosotros no pudiéramos conformar familias. Soy católico, creo en Dios y sé que quienes lo interpretan de manera integral solo ven en Él amor y misericordia. No juzgan porque eso no está en ellos.

¿Por qué dejar que, por unos pocos, paguen todos? Es hora de silenciar a esta gente. Yo he cometido el error de responderles por nombre propio, pero eso se acaba aquí. No pienso seguir dándoles voz ni micrófonos en mis redes. No la merecen.

Sobre todo porque para pregonar son buenos, pero estos dilemas morales aplican a todos menos a ellos. Todos conocemos las historias poco ejemplares y, por ende, jamás contadas de quienes hoy vociferan arengas de odio contra los homosexuales, y no obstante osan cobijarse bajo una bandera familiar moralista y religiosa poco coherente con su verdadera historia.

Yo no voy a caer en su mismo error. Mateo 7 dice: “No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con la que medís, os serás medido”.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Columnista invitado

Razones para no votar a ciegas

Una reforma urgente y necesaria

La resistencia colombiana

Pizano, el testigo “neutralizado”