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Tantas cosas se han plegado para darles nuevas formas, que parecemos un origami de memoria y emociones; como los veleros que hacen los niños con un pedazo de papel para transportar al cielo las estrellas de mar.

Siento que eso mismo le ha pasado a este horizonte que, a fuerza de rebelarse contra las reglas, ha creado nuevas miradas que revelan el verdadero mundo. Y en este presente, en este ahora suspendido, vaya uno a saber en dónde, me ha dado por repasar la voz de mis amigos. Los invito a hacer su propio inventario y agradecer los abrazos vividos.

Comienzo por una familia que ha sabido ser amiga y quererse toda la vida: los bisabuelos que no conocí; los abuelos, mis papás, mis hijos y los suyos; lo más adorable, válido y auténtico; nuestra historia, trenzada como el pan, en una espiral de amor, de sol y sombras y ADN.

Tuve mi primer amigo en el país donde nací. No recuerdo su rostro, quizá nunca lo tuvo; yo había cumplido dos años, lo llamaba por su nombre y conversaba con él en mi idioma fusión. Nunca nadie más lo vio: era mi amigo imaginario.

Cuando llegamos a Colombia comenzó el nuevo mundo: las escapadas por la ventana para coger las cerezas del árbol; la mansarda con María Mandunga incluida; la casa de los abuelos calle 71A N.° 14-12; ¡la felicidad de tener primos! Ellos me enseñaron a hacer batidos de limón, a montar en triciclo y, sobre todo, a tener infancia.

Luego llegó esa etapa en la que uno construye la genética del cariño; la misma que me trajo las amigas de uniforme de cuadros rojos, en el colegio del eucalipto. 50 años después, como si el tiempo se hubiera detenido en la campana del último recreo, seguimos encontrándonos, y entre la euforia y la nostalgia nos preguntamos en silencio dónde va a sentarse la ausencia de las que se fueron al Cielo.

Después del colegio vinieron los amigos que se volvieron amores y los amores que se volvieron amigos; en la facultad —entre las paredes llenas de dolor y esperanza que revisten los hospitales— compartimos esa imborrable mezcla de angustia, triunfo y derrotas frente a las vidas salvadas, y frente a los cuerpos quietos que se extinguieron.

Llegaron luego los cómplices en las ilusiones, el trabajo y las decisiones. Aliados en la defensa de la vida y la búsqueda de la justicia social. Compañeros de insomnios, farras y tareas, que llenaron de luz y motivos todos los espacios.

Y cuando tenía que ser aparecieron los entrañables a curarme las heridas, a devolverme la confianza, la libertad y la alegría. Y se quedaron; aun los que se fueron, se quedaron, porque en esas coordenadas no hay mares, ni muertes, ni circunstancias que interrumpan la magia de estar juntos.

Pasó el tiempo y llegaron nuevas realidades. Con ellas, amigos que saben que pueden contar conmigo hasta la última puesta de sol. Las orillas dejaron de ser trincheras para convertirse en puertos de esperanza, y aprendimos a tejer afectos inesperados, nuevas formas y contextos para transformar el corazón humano en territorio de paz.

Hoy, el valiente amigo —que logró ese acuerdo que podía cambiar la violencia por reconciliación— tiene un dolor profundo en el alma; Rosalba, su compañera de toda la vida, se fue al Cielo. Cariño inmenso para ambos, persistentes y generosos constructores de un mejor país y de una familia que hoy abrazamos con solidaridad y gratitud.

Amigos, gracias por ser luz y ternura, magia y fortaleza.

ariasgloria@hotmail.com

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