Por: Juan Carlos Botero

¿Amor eterno o fugaz?

HACE POCO, UNA AMIGA ME MOStró su corazón partido en dos. Llevaba días durmiendo mal, atormentada por una decisión que tenía que tomar pronto, y cada hora que pasaba aumentaba su zozobra.

Al final, buscando una luz en medio de las dudas, ella me llamó y me contó su dilema. La escuché atento y luego le dije lo que pensaba. Sin embargo, desde entonces me desvela la sensación de no haber sido claro, de no haber dado en el blanco de lo que quería decir. En fin, de haber fallado como amigo.

Resulta que ella acaba de conocer al hombre de sus sueños. Le tocó en la silla vecina en un vuelo de Bogotá a Buenos Aires, y desde el saludo hasta que aterrizaron, horas después, no pararon de hablar. Los dos son jóvenes, están divorciados, y ambos sintieron una pasión fuerte y recíproca, aunque imposible: él acaba de aceptar un cargo que lo obligará a vivir lejos, y ella tiene un hijo pequeño que no puede dejar.

Entonces él le prometió que regresaría en una semana a Bogotá para pasar con ella tres días. Pero después, lo saben, él se irá, y no se volverán a ver en años. Como ella ha sufrido bastante debido a un par de relaciones amargas, no sabe si lanzarse al ruedo en esta ocasión. En fin, suspiró, tengo que decidir si acepto una experiencia sin futuro, a sabiendas de que después voy a sufrir lo indecible… ¿Qué opinas?

Para nosotros los escritores las cosas sólo quedan dichas cuando quedan escritas. O sea, cuando hemos articulado los conceptos, limado las frases y escogido las palabras para precisar las ideas. No lo pude hacer esa vez, y por eso me habría gustado decirle a mi amiga lo siguiente.

Nuestra cultura católica nos ha educado mal en un aspecto crucial de la vida: nos ha enseñado que lo valioso es lo eterno (como el infierno para los pecadores y el paraíso para los justos), mientras que lo efímero y mortal pertenecen a un dominio inferior. Esa creencia ha tenido una secuela nefasta, porque le ha restado valor y realismo al amor humano. Lo cierto es que no es posible amar sin sufrir, ya que el amor está limitado, incluso por la misma muerte.

Sin embargo, entre nosotros aún predomina una actitud que menosprecia el amor terrenal, limitado, finito, y por eso pensamos que las cosas sólo valen la pena si no se acaban, empezando con los afectos, cuando es todo lo contrario: la grandeza del amor no radica en su ausencia de fronteras sino, justamente, en sus limitaciones, en su ineludible brevedad. Toda relación termina, tarde o temprano, ya sea por la erosión del sentimiento o por la muerte del ser amado, pues nada de lo humano carece de fronteras. Ésa es nuestra tragedia. Pero también es nuestra mayor virtud. Porque todo lo bueno de la condición humana es, en últimas, un milagro, algo frágil pero precioso, precisamente porque es pasajero. Porque es efímero.

Entonces recordé la película de Lina Wertmüller, Amor y anarquía. Ahí, un pobre campesino es contratado para matar a Mussolini, y en Roma encuentra hospedaje en un burdel, en donde se enamora de una prostituta, y le cuenta su plan. “Esto es una locura”, dice la mujer. “Apenas le dispares aI Duce te van a matar. ¿Cómo me puedo enamorar de ti si vas a estar muerto en dos días?”. Entonces él responde: “Dos días de amor es más de lo que muchos han tenido en toda su vida. Sería un pecado desperdiciarlo”.

A menudo el dolor es sólo el precio que pagamos por las cosas que valen la pena. Y eso me habría gustado decírselo a mi amiga.

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