Por: Columna del lector

Amor paternal, amor animal

Por Karen Guerrero

Me senté en mi cama, tomé el libro y al leer pensé en mi papá. En cada descripción lo veía reflejado. Lo amé más, como el autor hacia el suyo, con un “amor animal”. Seguí repasando aquellas líneas y pensé en mi país. Me entristecí; ya son más de 20 años y el panorama apenas parece cambiar. El olvido que seremos, escrito con el alma, mezcla de sonrisas, lágrimas y rabias desenfrenadas, es el libro idóneo para conocer el incalculable amor de un hijo hacia su padre, pero al mismo tiempo, una Colombia infernal.

En 42 capítulos Héctor Abad Faciolince hace un relato amoroso, íntimo y detallado de la vida y muerte de su padre, Héctor Abad Gómez. En 274 páginas me presentó a un papá, esposo, amigo, maestro, escritor, médico, activista y un acérrimo defensor de los derechos humanos. En 274 páginas conocí a un hombre amante de la lectura, la música clásica y los jardines. Durante 274 páginas mi corazón estuvo enardecido de ternura al leer, por ejemplo: “Cuando yo llegaba a la casa, mi papá, para saludarme, me abrazaba, me besaba, me decía un montón de frases cariñosas y además, al final, soltaba una carcajada”. Así es mi papá conmigo.

Este es un libro que refleja un amor reverencial. Se trata de un hijo que amaba el olor de su padre, se aferraba a sus sábanas y sufría por su ausencia ante largos viajes. Cuando lo leí mi papá estaba a muchos kilómetros lejos de mí, así que una vez más me identifiqué. Esta es la bitácora de un orgulloso acompañante que registra desde una jornada de salud en un barrio marginal, un trayecto hacia finca, hasta un viaje de diplomacia. Es el diario de un hombre que escribe para quien nunca lo leerá y resuelve sus vicisitudes con el consejo latente y perdurable de quien ya no está.

Sin embargo, esas 274 páginas me desgarraron cuando leí: “(…) ¡Hijueputas!, les grito, es lo único que grito, ¡hijueputas! Y todavía por dentro, todos los días, les grito lo mismo, lo que son (…)”. Así reaccionó Faciolince el martes 25 de agosto de 1987, a punto de derrumbarse, cuando encontró a su papá tendido en el suelo. Lo mataron por izquierdista y altruista. Por no callar y exigir. Y se presume fueron los paramilitares. Así que este libro es una mezcla de belleza y crueldad.

Es un retrato de lo que fue Colombia en los 80. Es la historia de una familia tradicional antioqueña en medio de una Medellín desboronada. En ella, Faciolince logra engranar la dulzura de un amor filial, un cuadro costumbrista de la ciudad y su cultura, y las atrocidades de la violencia política del país: amenazas, persecuciones y asesinatos a líderes sociales. A Gómez le dispararon en la puerta de un sindicato mientras preguntaba por la muerte de un líder asesinado esa mañana. Tras su turno, a unos cuantos más los alcanzaron las balas y a otros, por suerte, un vuelo sin fecha de regreso los salvó. Es un testimonio de dolor cargado de mucho afecto, una ruta para conocer el conflicto desde el sentimiento.

Cuando cerré el libro tenía mis pupilas inundadas. Volví a pensar en mi papá, de hecho nunca dejé de hacerlo y me atemoricé por imaginar su muerte. Faciolince escribe: “¿Cuántas personas podrán decir que tuvieron el padre que quisieran tener si volvieran a nacer? Yo lo podría decir”. Sin duda, yo también lo podría decir.

Terminé mis páginas favoritas nostálgica, pero no por ello desesperanzada; como los dos Abad, soy una ferviente creyente de que tal infierno cesará. Amo este libro como a mi papá y a mi país. Así que ¡gracias, muchas gracias, Héctor Abad Faciolince!

 

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