Por: Catalina Uribe

Amor platónico

En octubre de 1993 la Corte Suprema de EE.UU. se negó a aceptar pruebas de la Biblia para decidir sobre un caso relacionado con la defensa de derechos homosexuales en el estado de Colorado.

En respuesta, quienes habían llevado dichas pruebas optaron por acudir a la filosofía clásica, aquella irrefutable ciencia social, con el fin de respaldar su posición. Para ello se valieron de un pasaje de las Leyes de Platón y argumentaron que según este filósofo las “practicas homosexuales eran contrarias a la naturaleza”.

La corte decidió llamar a Martha Nussbaum, una filósofa experta en el tema, para que diera su versión. Ella encontraba, por el contrario, que para el filósofo griego las relaciones homosexuales eran benignas y hasta saludables. En sus Leyes, Platón añade muchos otros argumentos que apoyarían la versión de Nussbaum. Según él, era más factible que lo semejante se atrajese con lo semejante y por ello la mujer se atraía a la mujer y el hombre al hombre. De hecho, para garantizar la reproducción de las parejas casadas, era necesaria la existencia de un funcionario público que fuera a las casas para atestiguar el encuentro sexual.

Sin embargo, más allá de si Platón o la Biblia, lo que demuestra este debate es que no podemos seguir acudiendo a estos textos antiguos para respaldar argumentos de debates contemporáneos. Estos textos son sabios pero sólo a su manera. En la Grecia clásica era muy importante poblar las ciudades, pues era difícil que la gente se casara y se reprodujera. Y, con ese propósito, se creaban las leyes. De hecho, Platón tuvo que pagar siempre un impuesto adicional por ser soltero. Hoy es otra época. Sería tonto desechar las reflexiones del pasado. Pero, aunque valiosas, son del pasado. Nadie va a pensar por nosotros. Y, para hacerlo, hay que abrir el debate sin restricciones.

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