"Yo imito, no ridiculizo a los personajes": Hugo Patiño

hace 6 horas
Por: Fernando Araújo Vélez
El caminante

Amor y amistad

Ella quiere ir al parque y sentarse en un banco, sola, con un libro sobre sus piernas que no diga nada, sólo para ahuyentar a quienes pretendan hablarle. Quiere ser ella, infinitamente ella, y sabe que sólo allí, a solas, puede lograrlo, pero son las nueve y media de la mañana y debe cumplir un horario. Atender llamadas, responder mails, revisar el orden del día y de todos los días, estar dispuesta para lo que el jefe requiera. Mira por la ventana hacia el parque. Mira hacia lo lejos. El teléfono timbra. Ella responde con tono de oficina, ese tono que tanto detesta y que le enseñaron seis meses atrás, cuando empezó a trabajar. Se descubre sonriéndole al fantasma que habla desde el otro lado. Detesta sonreír por obligación. Detesta las obligaciones. Mira la foto de sus dos hijos, Carla y Andrés. Detesta amarlos por obligación y se pregunta una vez más si en realidad los ama o si es un deber, un tener que quedar bien con los demás, o compasión o necesidad de protegerlos.

El parque es su libertad, su pequeña libertad. A las cinco y diez, cuando al fin sale de su oficina, se sienta en una banca para mirar pasar la vida, y se repite casi como un robot que la vida es tener que vivirla, que los deberes la atacaron desde su nacimiento. Piensa allí en su marido porque ve a decenas de hombres salir a sus casas, y recrea las imágenes de su posible adiós, largándose sin decirle nada. Recuerda a sus compañeras de trabajo a la hora del almuerzo quejándose de los suyos. Ninguna mujer ama a su marido, murmura, y sonríe un poco, pues el mal de las otras la consuela. No es la única, no soy la única, dice ahora, a las cuatro de la tarde y de nuevo en su diminuto cubículo de secretaria, mientras emborrona un mensaje con dos faltas de ortografía para vengarse de su jefe, de su jefe y de todos los hombres del mundo. Él será el que firme, él será el que cargue con sus dos errores, a él lo tacharán de ignorante. Piensa en él, en su esposo, en sus viejos amores, en sus compañeros de trabajo. Los odia.

No lo admite en voz alta, pero los odia, y cree firmemente que todas las mujeres odian a sus maridos y a los hombres, y que si están con ellos, como ella, es porque les dijeron, las convencieron de que el matrimonio, el hogar, los hijos, el perro y la casa eran el más digno de sus objetivos y el único. Cierra los puños. Golpea su escritorio. Envía un mail. Lee otro, una invitación a celebrar el día del amor y la amistad. Blasfema. El amor de hoy es la más grande de las mentiras de los humanos, y el negocio más rentable, escribe en un papelito. Escribir su verdad le da fuerzas, la hace inmortal. Plasmar sus pensamientos para siempre es una venganza. Cree firmemente que ella es tan fuerte como decida serlo, y que la fortaleza comienza con las verdades, las grandes verdades que los humanos sean capaces de soportar. A ella le importa eso, la verdad, su verdad. Desnudarse y desnudar la vida, aunque viva de sueños cotidianos encerrada en una prisión.

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