Por: Sorayda Peguero

Amores perros

Mi amiga T. había regresado de la Riviera Maya y tenía novedades que contarme. Me dijo que vio monos y ciervos, que la comida “no picaba tanto”, que visitó una de las maravillas del mundo, el Templo de Kukulkán, y que volvió a Boston con una copia de Diego en mi pensamiento, su pintura favorita de Frida Kahlo. Más tarde me enviaría una foto, para que viera cómo quedó el cuadro en una pared de su sala.

Es una pintura que la artista mexicana terminó en 1943. Se retrató a sí misma con un vestido de tehuana, el traje tradicional de un matriarcado del suroeste de México. Solo se le ve la cara. Lleva un velo con encajes, y un tocado de flores y hojas del que salen raíces que se extienden fuera de su cabeza. La cara de Diego Rivera está pintada en su frente. Encima de sus dos cejas: las alas extendidas de un pájaro prieto. Diego Rivera dirige su rumbo. Domina todo lo que ella ve, lo que escucha, lo que respira, lo que come y besa.

—Me gustaría tener cinco minutos con Frida Kahlo—, le dije a mi amiga T.

—¿Y qué le dirías en cinco minutos? ¿Hola, Frida. Adiós, Frida?

—Solo quiero saber qué le daba Diego Rivera. Nada más.

1953. Ciudad de México. A Frida Kahlo le dicen que es hora de entrar al quirófano. Le van a amputar la pierna derecha. Pero ella no está preparada. Quiere terminar de escribirle una carta de amor y furia a Diego Rivera, el hombre con el que se ha casado dos veces. “No me aterra el dolor y lo sabes, es casi una condición inmanente a mi ser, aunque sí te confieso que sufrí, y sufrí mucho, la vez, todas las veces que me pusiste el cuerno, no sólo con mi hermana sino con otras tantas mujeres”. No puede comprender qué le han dado esas mujeres que ella, con toda su humanidad, no le haya ofrecido. Pregunta: “Cómo carajos le haces para conquistar a tanta mujer si estás tan feo hijo de la chingada”. Después suaviza el tono. Le dice que, a pesar de todo, el motivo de su carta no es hacerle reproches. Quiere que sepa que su cuerpo dejará de estar completo. Decirle que no necesita su lástima ni la de nadie. Que sea feliz. Que no la busque más. Que no quiere volver a ver su “horrible y bastarda cara de malnacido” rondando el jardín de su casa. Que lo ama con vehemencia y locura. Ella, “Su Frida”.

Esa aflicción del alma en la que uno se revuelca como perro realengo en charco de lodo —mejor conocida como mal de amores— era algo que Frida Kahlo conocía muy bien. Se cortaba la melena y se vestía de hombre. Bebía como una condenada. Se arrancaba el corazón del pecho. Lo tomaba entre sus manos, casi vacío, herido de muerte. Se lo ofrecía a él, a su Diego. Le decía que no quería su dinero, que el sexo entre ellos se había acabado. Que adiós. Que ahí le mandaba unas flores, con “un montón de besos y el mismo cariño de toda la vida”.

—Creo que no necesitas hablar con Frida para saber la respuesta. Cualquiera lo sabe—, dijo mi amiga T.

—¿Cualquiera?

—Claro. Estaba enamorada y no podía dejarlo. Le faltó el valor que le sobraba para otras cosas.

—Deberían vender valor en cubitos, como el caldo concentrado. ¿Qué tú crees?

—Que costaría una fortuna.

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