Por: Héctor Abad Faciolince

Anatomía de un instante

ACABO DE LEER UN LIBRO EXTRAORdinario sobre la psicología del poder, sobre la cobardía y el valor, sobre ese momento irrepetible en el que cada hombre descubre, como diría Borges, “la recóndita clave de sus años”, es decir, ese instante en el que al fin sabemos si somos valerosos o cobardes, dignos o indignos.

El libro, para ser más precisos, es una narración detallada, meticulosa hasta el último gesto, sobre el golpe de Estado que perpetraron algunos militares contra la incipiente democracia española (el chafarote más recordado de todos ellos es un señor de bigote y tricornio, el teniente coronel Tejero), el 23 de febrero de 1981. El título del libro es Anatomía de un instante y su autor, Javier Cercas, ha escrito por lo menos otras dos grandes obras: Soldados de Salamina y La velocidad de la luz.

Ahora que también en Colombia se está fraguando una especie de golpe de Estado (no militar, sino civil y falsamente legal, en nuestro caso), leer este recuento exhaustivo de la sórdida lucha entre tiranía y democracia, entre falangismo y libertad, resulta doblemente aleccionador. Así como en una novela el lector lee, inevitablemente, su propia vida, en un gran fresco histórico y sociopolítico como éste, uno tiende a ver los rastros de su propio país. Cuando Cercas disecciona el fanatismo de la extrema derecha, cuando muestra los resentimientos y motivos de los militares franquistas que dieron el golpe, al ver que los reaccionarios detestan la concordia, uno no entiende solamente a España, también entiende a Colombia.

Quizá lo más triste de aquel instante en que se decidió el futuro de la democracia española fue la actitud de los diputados presentes en las Cortes. Tejero entra despacio, sube a la presidencia y grita: “¡Alto! ¡Quieto todo el mundo!” Poco después sus secuaces empiezan a disparar sin apuntarle a nadie. Siguen más gritos: “¡Al suelo, al suelo todo el mundo!” Y aquí viene la clave del instante: todos los diputados, aterrorizados, obedecen, se esconden debajo de sus escaños. Todos, menos tres: un viejo General franquista convertido en demócrata, Gutiérrez Mellado, que se pone de pie y exige obediencia a los guardias civiles sublevados. Santiago Carrillo, el secretario del Partido Comunista recién legalizado. Y Adolfo Suárez, el presidente del gobierno. Nadie más.

¿Y qué hicieron los españoles al saber que las Cortes habían sido asaltadas por los militares, y que los diputados y los ministros estaban secuestrados? Nada. Se encerraron en sus casas, tan atemorizados como los diputados. Todos quietos, como pidió Tejero. Y se hubieran metido debajo de la cama, si esa hubiera sido la orden. También el Rey, después de algún titubeo, actuó con dignidad. Y un periódico, El País. Los otros callaron, expectantes, con la veleta al aire a ver por dónde soplaría el viento.

 Pero volvamos al gesto de quienes no se escondieron. El comentario de Cercas es hermoso y certero: “Dado que es un gesto de coraje, el gesto de Suárez es un gesto de gracia […] En este sentido es un gesto afirmativo; en otro es un gesto negativo, porque todo gesto de coraje es, según observó Camus, el gesto de rebeldía de un hombre que dice no”. Quizás el gesto de estos tres hombres no fue el que salvó la democracia española, pero sí representa su dignidad, su valor.

 El libro de Cercas es mucho más de lo que puedo decir aquí. Es un libro sobre el histrionismo y las paradojas del poder. Un libro sobre las ambiciones y las venganzas. Un libro que muestra de qué modo algunos actos valientes pueden salvar la libertad. Yo me pregunto si en este momento habrá un puñado de congresistas colombianos capaces de salvar lo poco que tenemos de democracia. Capaces de decir no. Si habrá ciudadanos capaces de no esconderse debajo de la cama. Si habrá un periodismo valeroso que nos salve del golpe de Estado civil que se está fraguando aquí. Quizás algún día se haga también la anatomía del instante que vivimos. Se verá si en nuestras entrañas se escondía un cobarde o un valiente.

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