Anatomía de un madrazo

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El pasado jueves 30 de julio, al momento de ver las imágenes y audios de una senadora quien con palabras de alto calado arremetía contra uno de sus colegas, recordé al escritor español, Javier Cercas, quien en 2009 le entregó al mundo de la literatura una magnífica novela: Anatomía de un instante. La estructura de este ensayo es la descripción minuciosa del día del intento de golpe al parlamento español en 1981. La portada del libro es la fotografía del momento en el que el presidente de ese país, Adolfo Suárez, junto a su vicepresidente y al diputado del partido comunista español, Santiago Carrillo, no se inmutan ante los disparos enloquecidos del sublevado teniente coronel Antonio Tejero. Las 480 páginas relatan de forma meticulosa la postura, actuación e intenciones de los participantes de esa instantánea. No son similares ambas situaciones, pero el tono de ese momento legislativo colombiano vale la pena describirlo.

La escena es un discusión con el tonillo actual que se asemeja más a una democracia protagónica que a una real. Por supuesto, el debate giraba en torno a la pandemia y tenía como fin disminuir gastos inocuos de los senadores por la coyuntura. De repente, según los significados que salen de las palabras emitidas por la parlamentaria Angélica Lozano, el rictus del resto de congregados cambió de forma repentina. La cara del presidente de la comisión primera, recinto de las diatribas, el liberal Miguel Ángel Pinto, quien luego de escuchar como trasfondo las primeras ráfagas de madrazos y escoltado por el consejo espontáneo de Alexander López, que clama desesperado el nombre de la emisora de los vocablos, solo atina a mirar a la pantalla de su computador, emite una sonrisa penosa y respalda el llamado de alerta del político vallecaucano. Al mismo tiempo en la parte central de la pantalla, retoza la pintura de una bella mujer con mirada pensativa a la espera de un afanado Roy Barreras quien reaparece fugaz ante las cámaras, persiguiendo el sonido y tonalidad del segundo arrabalero.

Para ese momento la temperatura del significado del grosero vocabulario, atrajo la risotada estremecedora y caribe de Armando Benedetti, quien en cada popularizado gesto parece transmitir la impresión de querer que el aquelarre continúe. Su compañero de jornada y también costeño, Gustavo Petro, con sonrisa razonada y expectante supo guardar silencio en clara oposición a los gritos desesperados del exgobernador Temístocles Ortega. En cambio, Germán Varón, disimula con comedimiento gestual.

Los otros legisladores permanecen inmutables, impávidos, siempre acompañados por la obediente mirada de los funcionarios que sirven de apoyo a la gestión de esta célula congresional que, paradójicamente se encarga entre otros temas de tramitar leyes a favor de “las garantías y deberes de los ciudadanos”.

El video en mención duró 23 segundos. Con él pudimos conocer de manera fehaciente lo que nos enseñó Jorge Luis Borges: “En la voz se decide lo que se quiere decir”. En ningún momento hubo por parte de los honorables una recomendación para que la congresista retirara las palabras. Tampoco se desdijo sobre la verdadera razón por la que fue madreado Gustavo Bolívar. Fue insultado por transmitir una verdad.

Al final y para amargura de todos los colombianos, la idea de disminuir los gastos de representación de los hombres y mujeres que hacen las leyes de este país en tiempos de COVID-19, se hundió. De nada sirvieron esos instantes para al menos remozar la anatomía de una institución cada vez más desgastada, como sucede con las palabras y con el ejercicio al que se dedica la esposa de la alcaldesa de Bogotá. “El arte de la política es en esencia el arte del lenguaje por lo que dice, por lo que sobreentiende, por lo que omite y por lo que traiciona”, dijo Jean Michel Blanquer.

@pedroviverost

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