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Ancianos

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Me encontré con la vejez hace relativamente poco. Crecí sin abuelos y mi padre murió hace demasiados años. Por descarte, la actual cercanía con los ancianos viene por el lado de mi madre. Su meticulosa trenza gris de hoy me recuerda más a las campesinas de los paisajes sabaneros que a su perfil de madonna italiana octogenaria. Entre tejidos, libros y estolas, luce orgullosa su piel delgada y translúcida; no renuncia a la elegancia de las diosas romanas. Hace pocos años, la porosidad de sus huesos la tiene atada a una silla rodante luego de un procedimiento que fue, según dijo el médico, ambulatorio. Su inmovilidad llegó para quedarse y me acomodé, no sin dolor en el alma. 

Y digo que me encontré con la vejez porque no sabemos dónde están todos los viejos del país ni cómo viven. La mayoría están ocultos y atrapados en redes familiares de exclusión o agresión. Vistos como incómodas exigencias para quienes veneran el gusano de la ambición y el progreso, su senilidad o enfermedad son la excusa para apartarlos de los parques, las calles y los mercados; su olor y vestimenta son justificación para ser desechados del comercio, los salones de clase o del disfrute del final de sus vidas que, con certeza, para ellos tampoco es fácil. El vivir en un cuerpo arrugado y achacoso es estigma y repugnancia en una sociedad llena de ilusiones adolescentes por los músculos, el vigor y la perfección. La vejez se asocia al desvarío, la inutilidad y la fealdad; también al asco. Los viejos viven sin autonomía o sin pensión. Hoy, la lógica de la política pública para el adulto mayor está atravesada por el descaro, donde la categoría imperante es el olvido y los tecnócratas, muy cínicos, opinan que ojalá los ancianos se sacrifiquen para dar paso libre al futuro de una cuenta fiscal equilibrada. Igual, como dirían mi madre y el budismo, la enfermedad y la vejez son las verdades de las que muy pocos escapan.

Los ancianos son creativos, se apropian del bienestar simple, del instante, del sol, del sexo y opinan sobre el piercing, la rinoplastia, el lifting o la eutanasia. Ciudadanos plenos a quienes les sobra franqueza, opinión política, humor negro y vida. Su imprecisa memoria es un regalo de tiempo real y cada “no me olvides”, una arista de sabiduría. Cualquier fino nonagenario es el espejo perfecto para reconocer el cobijo, la persistencia y las despedidas. Llegar a viejo no debe ser la maldición de esperar la muerte de los justos o empacar la maleta para el viaje último.

Tristes tiempos globales viven los viejos dejados a su suerte con una pandemia que en quince días los obligó a ganarse la lotería para alcanzar su respirador en una unidad de cuidados intensivos de cualquier ciudad del mundo. Yo, a mi vieja, no le exijo ni heroicidad ni sacrificio. Quiero disfrutar la lucidez de su adaptación tecnológica en esta lectura compartida del libro de Robert Graves que nos inventamos. Nos seguimos asombrando con Mesalina, la esposa de Claudio, el emperador deforme. Me pregunta: ¿qué mundo quiero después de este retiro? Quiero un mundo en el que los ancianos luzcan sus arrugas como trofeos de amor y revolución. Quiero celebrar con ellos la dignidad y la amistad. Para esto, intuyo, me tocará volver a nacer.

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