Por: Juan Gabriel Vásquez

Andar siempre con las orejas puestas

En una de las tiras cómicas de Mafalda, Felipe tiene esta luminosa epifanía: “Lo malo de andar siempre con las orejas puestas es que uno se expone a oír cosas como ésa”.

Atravesar la semana del 11 de septiembre, con su carga de conmemoraciones y comentarios, ha dado a la frase de Felipe una molesta pertinencia. En sólo cinco días —desde el sábado pasado hasta el miércoles en que escribo esta columna— he llegado a oír que los Estados Unidos se merecían el ataque porque hay que ver lo que hicieron en Vietnam, que Nueva York no se merecía el ataque porque Nueva York no es como el resto de Estados Unidos (la sugerencia, claro, es que Texas sí lo merecía), que somos unos ingenuos o unos imbéciles quienes “todavía creemos” que Al Qaeda fue la responsable (y no la CIA o Bush o Bill Gates, con lo mucho que se beneficiaron), que por qué todo el mundo se preocupa tanto por los muertos de los países ricos y en cambio nadie se pregunta qué tipo de infancia habrán sufrido los terroristas (que por algo hicieron lo que hicieron).

Lo que yo me pregunto es qué tipo de infancia habrán sufrido quienes perpetran esas opiniones. Yo he escuchado a gente de apariencia sensata sostener, quizás con otras palabras, que los casi tres mil muertos de las Torres Gemelas se merecían su suerte por “trabajar para Wall Street”, y llega esta gente a pronunciar en la misma frase el nombre de Bernard Madoff como diciendo “ahí está la prueba”. Lo de Vietnam es apenas una de las encarnaciones que toma esa opinión, pero también he oído el mismo argumento mencionando a Nicaragua y a Chile y aun a Panamá: la justificación de los tres mil muertos sobre la base de las agresiones que han cometido en otros momentos los gobiernos de Estados Unidos, como si los civiles fuéramos herederos de los desmanes de nuestros gobiernos (como si a mí me pudieran culpar, por ejemplo, de los falsos positivos). Yo he llegado incluso a oír a alguien opinar que los tres mil muertos de las Torres Gemelas son finalmente un porcentaje mínimo de los muertos de Hiroshima y Nagasaki. Otra persona presente asintió y dijo, refiriéndose a Estados Unidos: “Es que llevaban mucho tiempo buscándoselo”.

Quienes así opinan no son muy distintos del terrorista para el que todos los occidentales son intercambiables, de manera que los clientes australianos de un bar de Bali (es un ejemplo) merecían morir por lo que el ejército de Estados Unidos había hecho en Afganistán; no son muy distintos, para mirar el asunto desde otro ángulo, del reverendo Jerry Falwell, quien dio tras los atentados un discurso en que señalaba a los paganos, los abortistas, los feministas, los gays y las lesbianas “y todos aquellos que tratan de secularizar a Estados Unidos” y les decía: “Ustedes ayudaron a que esto ocurriera”. La última semana ha sido pródiga en estos fundamentalismos de cocina, en estas paranoias y estos resentimientos convertidos por arte de magia en análisis político. Los resentidos sueltan sus sandeces y se sienten un poco mejor, más contentos con ellos mismos o menos insignificantes; o bien sienten que no han comido cuento, que no se han quedado con las superficies sino que han sido más vivos, que ellos ya vuelven cuando los demás apenas vamos. Y la verdad es que no dan más que grima.

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