Por: Guillermo Zuluaga

Andrés Escobar y una muerte que nos enseñó tan poco

Hace 25 años murió Andrés Escobar. Sobre la muerte del futbolista, aún no aclarada por la justicia colombiana, hay muchas hipótesis e incluso rumores mal intencionados, pero la explicación que más vuelo ha cobrado con los años es que se debió a una discusión en un sitio nocturno de Medellín, motivada en el autogol que días atrás había marcado en el Mundial USA-94. Sobre los móviles no hay tanta claridad, pero sobre sus perpetradores, unos caballistas apostadores y al parecer narcotraficantes, sí hay pocas dudas.

La muerte de este deportista nos desveló un poco como nación. Primero que todo evidenció que somos un país que se deja llevar por las emociones y las emotividades. No bien se enfriara el cadáver y a Andrés se le había elevado al Olimpo de los dioses. Lo merecía, claro, como un jugador que recién vestía la camiseta y nos representaba en un torneo internacional, y es cierto que debía ocupar su sitial en la historia del Atlético Nacional. Sin embargo, el problema es que se pensó más en construir con prontitud el mito y no en reflexionar sobre ese hecho. Su muerte se tornó entonces en posibilidad de adjetivos y de eufemismos. Pocos días después de su muerte sobraban los calificativos, los eufemismos y otras delicias poéticas, cuando, la verdad sea dicha, es que Andrés no era ídolo del equipo antioqueño ni tampoco se destacaba por su carisma. Era, sí, un jugador rendidor, disciplinado, buen compañero: pero la categoría de ídolos suele estar reservada a personas carismáticas o a personas que logran una hazaña sobresaliente: en tal caso, los que se reservaban ese sitial en el Nacional de esos años eran el showman René Higuita y el volante Leonel Álvarez.

Las sociedades requieren mitos y héroes, y el deporte en tanto reflejo de ellas también. Andrés Escobar comenzó a tornarse un mito de nuestro fútbol colombiano. Pero idolatrar en exceso a Andrés, como se ha hecho —incluso la camisa con el dorsal 2 salió un tiempo del equipo—, no ha permitido evidenciar lo que pudo significar ese suceso. Era la muerte de un deportista, alguien con la capacidad de despertar emociones y sensaciones que lo hacían un referente. Deportista juicioso —bien podría tener sus debilidades como persona—, a la hora de enfundarse una camiseta representativa de su región, de su equipo o del país, dejaba hasta la última gota de sudor por defenderla. Era tanto su ahínco por el equipo colombiano, por ejemplo, que en ese inolvidable momento del autogol que lo cambió todo, es seguro que él atravesó ese pie pensando en que el arco nuestro tuviera menos riesgo. Y sin embargo…

Escobar era un hombre destacado. Alguien con nombre, con recorrido, incluso con apellido, con formación más allá de las canchas. Y no era el primero en morir en extrañas circunstancias. (Cinco años atrás, en la misma ciudad, las balas habían acabado con la vida del árbitro Álvaro González, porque a alguien, seguro, no le gustó que pitara un fuera de lugar. El campeonato aquel se suspendió como repudio, pero ¿qué aprendimos?).

Así que Andrés no era el primero. Ni sería el último. Y era destacado en el deporte, como destacados en sus oficios o dignidades o luchas también lo fueran Sucre, Córdoba, Uribe Uribe, Gaitán, Galán, Pizarro, Pardo Leal, Álvaro Gómez, Valdemar Franklin, Antonio Roldán, Guillermo Gaviria, Gilberto Echeverri, Jaime Garzón, entre otra larga lista… Somos un país de hijueputas que nos damos el lujo de matar a nuestros mejores hombres. La muerte de Escobar simplemente nos evidenció como una nación que no supera su atavismo de violencia e intolerancia con lo que sí es tolerante: las ideas y los pensamientos diferentes, y tolerante con lo intolerante: la corrupción, la inequidad social, la desnutrición de nuestros niños. Con la violencia misma.

Matamos a Andrés, pero idolatramos a Pablo. Y a Popeye, y a los Castaño, y a los Tirofijos. Vaya contradicción: Le exigimos a Nairo que gane un Tour —nada más nos sirve—, pero no a los políticos que saquen adelante siquiera una ley anticorrupción, para que ellos mismos no nos roben.

Así que la muerte de Escobar no ha servido para nada. Lo volvimos un héroe, lo idealizamos, pero no hemos sido capaces, en su honor, de reflexionar y de actuar para construir una sociedad más armónica o al menos respetuosa de la vida. Porque así no fuera deportista consagrado, era una persona, un ser humano al que esta sociedad, si se precia de serlo, habría de preservarle su vida o su integridad. Porque se habla de que su muerte estuvo motivada por las apuestas. Pero no hay “apuesta” más grande que defender la vida misma. ¡Quizá si al menos entendiéramos eso!

Así que Andrés Escobar, más que una figura mítica, debería ser considerado una vergüenza como país. Es un hecho triste para su familia y su círculo más cercano, pero ni siquiera ha servido como símbolo o aprendizaje de algo. Y si creen que todo lo que escribo es falaz, baste mirar que en este mismo periódico, 25 años después de aquel suceso, se habla de amenazas contra William Tesillo, quien, vistiendo la camiseta de nuestra selección, cometió el “error” de no convertir un penalti. Y eso en Colombia parece preámbulo de una sentencia de muerte.

En Colombia conocemos nuestra historia, pero nos aferramos a seguirla repitiendo, por los siglos de los siglos…

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2019-07-05T22:06:33-05:00

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2019-07-07T18:39:01-05:00

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