Por: Antonio Casale

Andrés Zuluaga

Mi gran amigo Andrés Zuluaga es un hincha promedio del fútbol. Hoy en día es ‘clasiquero’ y por TV sólo ve los partidos importantes. En Colombia es hincha del América y por sus ancestros sigue a Once Caldas. Está obnubilado, como la masa, con el Barcelona de estos tiempos.

Hasta hace unos años, siempre que su Mechita venía a Bogotá, Andrés juiciosamente adquiría su boleta y asistía al estadio, sin importar quién fuera el rival. Nunca me pidió una boleta de cortesía, siempre la compró. Hasta me acompañaba en tiempos de colegio a ver a Millos, sin importar contra quién jugara, era un plan.

Pero en los últimos tiempos Andrés, quien trabaja en el sector farmacéutico, abandonó el interés por el fútbol, no volvió al estadio y cada 20 días me pregunta por la posición en la tabla de sus equipos. Dice que la violencia le da miedo. También argumenta el pobre nivel deportivo, y por último confiesa que cada vez le gusta más el fútbol internacional. Eso sí, si su América llega a pelear algo importante este semestre, dice que va a estar pendiente de la final.

Hace unos días, de la empresa donde trabaja, enviaron a Andrés a Chicago para asistir a un congreso médico en calidad de invitado. Cuenta que al terminar la segunda jornada un galeno le ofreció dos boletas de cortesía para ver a los Chicago Bulls en uno de los juegos de postemporada de la NBA, que los enfrentaba a los Hawks de Atlanta.

Dice que le sorprendió ver a las familias completas entrando al coliseo. En los bares internos la gente se tomaba una cerveza amistosamente mientras comenzaba el juego. En la puerta le entregaron una camiseta de cortesía como recordatorio del partido, con fecha y rival estampados en el pecho. Por supuesto el show que arman los gringos alrededor del espectáculo, independiente del resultado deportivo o del nivel del juego, lo sorprendió hasta encharcar sus ojos de emoción.

A su regreso, Andrés estaba entre emocionado y triste. Feliz por la experiencia, pero al tiempo, seguro de que su regreso a las canchas colombianas es inviable por el momento. Como el de Andrés Zuluaga, hay muchos casos en nuestro país, los promedios de asistencia a los estadios ya van en cifras que muchas veces no llegan a mil. Los actos de violencia se convirtieron en paisaje ante los ojos complacientes de los afectados y el nivel cada vez es más pobre.

A mi gran amigo, lo único que le pude decir es que la semana que pasó, el presidente Santos sancionó la Ley del Deporte. Que Coldeportes, por primera vez en 25 años de oscuros procederes, le está poniendo atención al fútbol. Y que no sé si sea demasiado tarde, pero al fútbol lo quieren curar. Tal vez algún día, Andrés pueda llevar a sus hijos y a su esposa Catalina al estadio como parte de un superplán familiar. Así como sucede en los países donde el deporte ha sido pilar del desarrollo de la sociedad.

 

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