Por: Armando Montenegro

Anfibios y reformas

Algunos políticos, en la terminología de Mockus, son anfibios. Con sus pies en la tierra y al aire libre pueden trabajar y comunicarse con los segmentos modernos y educados de la sociedad. Pero también son capaces de moverse con destreza en el fondo de las ciénagas oscuras del clientelismo premoderno.

Este es el caso de Enrique Peña Nieto, quien, con aires de estadista, convocó a los partidos de oposición a firmar con el PRI el histórico Pacto por México, un ambicioso programa de reformas que envidiaría Colombia (intenta controlar monopolios, mejorar la calidad de la educación, optimizar la administración pública, entre otras cosas). Al poco tiempo, sin embargo, cuando su gobierno fue cogido in fraganti comprando votos en Veracruz con dineros públicos, como buen anfibio, defendió a su partido y a los funcionarios responsables (esta actitud detonó una grave crisis política; con grandes esfuerzos trata ahora de volver a poner en marcha su programa de reformas).

Los políticos anfibios, con distintos matices, se observan en todas las democracias. Hace pocos meses la película de Spielberg mostraba cómo el buenazo de Lincoln utilizó un variado repertorio de mecanismos clientelistas para asegurar la aprobación de la enmienda constitucional que prohibió la esclavitud. Y, en nuestro medio, hace algunos años, un intelectual extraviado en el gabinete de un presidente cuestionado confesaba que se había convertido en un beau de la nuit, a la inversa del personaje de Buñuel que oficiaba de prostituta durante el día y, en las noches, como ama de casa virtuosa.

Muy pocos de los buenos políticos no son anfibios. Es aún excepcional el caso de líderes como Luis Carlos Galán, que renuncian a cultivar el apoyo y los tratos de maquinarias que capturan para su beneficio los recursos del Estado. Sólo unos cuantos, con formación y visión, al tiempo que entienden la necesidad de modernizar y reformar las estructuras sociales y económicas, mantienen los vasos comunicantes y los contactos con sus organizaciones políticas, las mismas que se nutren con puestos, contratos y distintas formas de corrupción (también es el caso de Carlos Salinas en México). La abrumadora mayoría de los operadores electorales nunca sale a tierra firme; al estar sumergidos en los lodos del clientelismo y el tráfico de platas y puestos públicos, no tienen una visión de la sociedad y, por sus prácticas, no pueden exponer sus acciones al escrutinio de la opinión pública.

El problema de Colombia es que va a requerir de dos series de importantes reformas. La primera, indispensable y largamente pospuesta, semejante a la del Pacto por México, que modernice las instituciones de justicia, educación, impuestos, salud y pensiones (estas dos últimas, al parecer, quedarán pendientes para el próximo gobierno). La segunda, con un extenso contenido político y económico, es la que resultará del proceso de negociación con la guerrilla en La Habana. Como estas iniciativas, tarde o temprano, tendrán que ser aprobadas por los burdos operadores de la política, se requerirá del liderazgo y la visión de estadistas o, en su defecto, del concurso de anfibios que tengan claro lo que Colombia necesita para modernizarse y, simultáneamente, crear las condiciones para asegurar la paz (es posible que en el proceso se presenten las contradicciones y conflictos que hoy sufre Peña Nieto).

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