Por: Felipe Zuleta Lleras

Ángel o diablo

Escribir sobre el abogado Abelardo de la Espriella suele ser un oficio difícil, pues desde que lo conozco siempre he pensado que en él se encarnan dos personajes que, por sus principios, se repelen: un ángel y un diablo.

Se le conoce por ser, al mismo tiempo, defensor de paramilitares y de personas sin recursos económicos que han sido víctimas de la barbarie en contra de las mujeres y los niños, la cual ha corrompido el alma de muchos colombianos. Se le critica, no sin razón, el ser mediático y llevar sus procesos a los medios de comunicación. Bueno, al final de cuentas para una justicia espectáculo, unos abogados faranduleros. No por ello deja de ser riguroso y metódico cuando se trata de presentarse ante los fiscales y los jueces. Con la misma elegancia que lo caracteriza, acude a los estrados, con documentos sólidos y casi que sofisticados. Elegantia iuris, dicen.

Quienes somos sus amigos, y no muchos gozamos de ese privilegio, sabemos que es un miembro de familia incomparable. Un esposo fiel, consentidor y en extremo respetuoso de su Lucía. Y cuando vemos a este diablo cargando a su hijita Lucía, o en cuatro patas, balbuceando, nos resulta difícil creer que es la misma persona que llega a los juzgados con cara de hostilidad; la misma cara que tienen los miembros de su esquema de seguridad, pues a Abelardo le llegan amenazas a granel. Cuenta entre sus haberes un par de intentos de secuestro y, por eso, su habitación es blindada y duerme con unas armas en la mesa de noche.

De sus padres heredó además el amor por su familia, por las armas, el ganado y los caballos, que monta con elegancia pero sin incurrir en las loberías del expresidente Uribe o sus amigos (de Uribe, claro está) del clan Ochoa.

Es un cazador nato y dispara desde los 6 años. Por supuesto, dentro de su polémico estilo de vida, no faltan las grandes y pomposas fiestas, como la que hizo para el bautizo de Lucía, parrando que duró literalmente tres días. Allí había de todo: políticos, periodistas, exministros, magistrados. En fin. Espléndido y generoso, Abelardo de la Espriella no deja nada al azar. Cuida hasta el más mínimo detalle, con la obsesión de un buen sastre y la meticulosidad de un relojero suizo. Y eso lo hace en su vida íntima y frente a sus clientes, jueces y sus propios empleados, a quienes trata con respeto y cariño.

Por supuesto que, como diría el bobo del pueblo, “de eso tan bueno no dan”. Son pocos los defectos que Abelardo se deja conocer, pero uno de ellos es su mal genio, que no es recurrente pero que, literalmente, lo ha llevado a darse en la jeta con otros abogados y hasta con un potencial cliente que una vez fue a proponerle que enlodaran a unos magistrados de la Corte Suprema, a quien sacó literalmente a patadas de su despacho.

Sus oficinas, situadas en la zona T, son, por decir lo menos, una galería. Tiene unos cuadros de artistas famosos que ni sé quiénes son, y en cada rincón de su oficina y de su casa se ve el amor que siente por el buen arte. Serían muchas más las cosas buenas y malas que podríamos decir de Abelardo, pero ¿para qué hacerlo si él mismo se encarga de darse pantalla?

 

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