Por: Juan David Ochoa

Aniversario de un delirio

Se cumplen 20 años de la muerte de la oscura leyenda que rompió todos los límites del miedo, el que fundó el sicariato y denigró la historia y estalló el país entero a bombazos.

 El que impuso el destino obligatorio y dual de la sumisión o la muerte y ametralló a ministros, a coroneles, a candidatos presidenciales, a enemigos y aliados por sospecha, y arrodilló al presidente y se hizo construir una mansión para pagar los años de prisión que quiso, y se fugó cuando quiso, y solo poco faltó para ocupar el mismo trono de Nariño y decretar oficialmente a Colombia una narco nación sin evasivas.

Cuando cayó abatido sobre el techo de una casa común, lo exhibieron como el trofeo de la gloria ética que había eliminado al fin a su anatema, se veían sonrientes, de civil o de uniforme, con sus fusiles levantados y su orgullo al borde del delirio, porque la máxima leyenda del narcotráfico no volvería a aparecer sobre la historia.

La ingenuidad del heroísmo. Hasta hoy han sucedido 35 años de una guerra sin respiros. Desde los tiempos de Turbay la lucha contra la mafia ha circulado en un discurso de moral y en un derroche astronómico de dólares y muertos y estrategias de logística emuladas siempre por las rutas clandestinas del monte y por la interminable sucesión de alias en la escala codiciada. 35 años, 20.000 víctimas, 10.000 millones de dólares y 7 gobiernos frustrados es el saldo de la lucha armada contra un fenómeno que triplica en riqueza a la inversión que los estados disponen para combatirlo. Sigue siendo un círculo vicioso y una lucha inútil. Y no es inútil porque sean obtusas las fuerzas del orden para eliminarlo, sino porque el fenómeno se adapta siempre a los contextos y a las mismas tácticas de la persecución, recurren siempre a métodos alternos de movimiento y de imagen. Son 30 años de suficiente experiencia para que las mafias hayan entendido que después de la era de la exuberancia pública de los capos, el método eficaz de la sobrevivencia es la invisibilidad del microtráfico, y son suficientes también para que hayan optado por dejar en custodia sus laboratorios bajo el brazo armado de guerrillas o de ejércitos impenetrables en las sombras de la selva. Mientras tanto el mercado del milenio continúa, realimentado y resurrecto con el mismo ritmo que sostiene el estado en sus abatimientos y capturas, y el círculo vicioso sigue aspirando fortunas y cuerpos y energías, y los voceros del estado continúan reforzando el pajazo mental de la victoria al repetir que la mafia solo tiene asegurado los únicos destinos de la cárcel o la tumba, como si esa no fuera una elección premeditada ya en la aceptación del nihilismo. Y al intentar convencerlos 35 años después de que el crimen no paga, como si no fuera evidente y suficiente la fortuna que despliegan como recompensa a cada información que pueda dar con paraderos o indicios. El crimen lo pagan ellos mismos ignorando ingenuamente la sucesión eterna de los peces gordos y la siempre deslumbrante y atractiva riqueza de un mercado ilegal.

El aniversario del capo abatido, que es el mismo aniversario de la guerra perdida, coincide con el siguiente punto a discutir en la mesa de La Habana. Y tiene razón Daniel Samper Pizano en sugerir sardónicamente que la mesa se traslade a New York. Sigue teniendo el norte la última palabra.

 

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