Por: Julio César Londoño

Año 20 d. G.

EL VIGÉSIMO ANIVERSARIO DE LA muerte de Luis Carlos Galán no hizo sino revivir un viejo dolor y comprobar que la justicia en Colombia cojea pero… ¡de qué manera!

Pero viéndolo bien no deberíamos sorprendernos de la impunidad de este caso: si la Fiscalía no resolvió el magnicidio perpetrado en un avión, ¡cómo pedirle que resuelva los cometidos en plazas públicas, en medio de cohetes, aguardiente, multitudes y escoltas!

Los últimos cables señalan como responsable del crimen (coautor, dicen los jueces) al ex héroe nacional Maza Márquez. César Gaviria asegura que los norteamericanos no lo veían con buenos ojos por su cercanía al cartel de Cali. Yo no creo. Ellos son altos y hablan una lengua distinguida, pero no sufren de escrúpulos, son pragmáticos. Sajones. Además, en esos tiempos el que no fuera cercano a los Rodríguez no era nadie. Para ser ministro, contralor, Presidente o reina nacional de belleza había que tener relaciones muy estrechas con los célebres hermanos.

Los historiadores de los futuros posibles se están preguntando qué habría sido del país si el prohombre se hubiera salvado, y han concluido que Colombia habría enderezado el rumbo bajo su tutela y que hoy no estaríamos en esta encrucijada.

Lamento disentir. Galán no habría hecho mayor cosa en el cuatrienio 90-94 porque ya estaba cooptado por el oficialismo liberal, colectividad que había domado a ese muchacho brioso y brillante a punta de golpes bajos y “pelas” electorales, y le había hecho entender que por fuera de su manto no había futuro. Si Galán hubiera llegado a la presidencia, Turbay y López les habrían echado mano a los despachos claves, Gaviria habría puesto un joven chusco en cada viceministerio y la bancada liberal habría agarrado el resto. El clientelismo, en suma (la raíz del mal, según Galán), estaría tan lozano y vigoroso como hoy, cuando ha sobrevivido a una mano mucho más independiente y poderosa que la del mártir, la de Uribe. Y el narcotráfico estaría muerto… de la risa. Como la humanidad es viciosa desde chiquita, y la legalización aún demora algunos decenios, es fácil prever que el narcotráfico enterrará sin ningún esfuerzo a los tataranietos de Galán.

Colombia supo que Galán “era el hombre” cuando lo mataron, no antes. No lo supo cuando él se lanzó a la presidencia en 1982 y quedó de tercero, a años luz de Belisario y López, ni en el 86, cuando el partido, es decir, López y Turbay, decidieron que Barco, un señor con serias limitaciones físicas y mentales, era el hombre. Si no es Barco, ¿quién? (¡tronco de razonamiento!). El nombre de Galán ni siquiera fue considerado porque era un disidente, un leproso, un místico peligroso que amenazaba acabar con el narcotráfico y, horror de horrores, con el clientelismo. Entonces Colombia no lloró: votó de manera masiva y feliz por Belisario, López y Barco.

Galán iba a ganar en el 90, sin duda, pero con el corbatín de pepas de Turbay puesto. La muerte le ahorró ese papelón, le evitó el desprestigio y puso en su vida ese broche prematuro y fatal que la biografía del héroe exige. Si no lo hubieran asesinado, Galán habría sido una decepción más y hoy envejecería olvidado en alguna embajada de segunda en Europa. Él no podía salvarnos de nosotros mismos. La historia enseña que los países no se salvan por la intervención de un mesías, sino cuando conciben un sueño colectivo; cuando el “mesías”, cualquiera que sea, puede reunir un equipo de un centenar de hombres muy capaces para ponerlos al frente de una masa de millones de personas educadas, éticas y empleadas. Un pueblo educado es competitivo, respeta la ley y lo gobierna cualquiera, hasta un político. Si no se dan estas circunstancias, el mesías no baja (y si baja lo “bajamos”, como a Galán).

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