Por: Columnista invitado

Año nuevo, vida nueva

Por: Alberto López de Mesa

Por inercia cultural o por tradición los columnistas solemos darle a la última publicación del año el tono de la época. De hecho, ahora mismo, ante el teclado procuro buscar en mi el ánimo decembrino que exaltaba y alegraba mi espíritu en las vacaciones de la infancia, para lograr con las palabras transmitirles un mensaje esperanzador a guisa de abrazo de año nuevo. Pero a la vez, el oficio de exponer mi criterio, todas las semanas, sobre asuntos del ser, de la sociedad, de la cultura y de la vida, se ha constituido en una suerte de ética que me impele a proponer a mis lectores argumentos, como insumos conceptuales, que abonen entre los afines el ánimo de discernir, de no tragar entero, de la duda metódica y propositiva.

Así pues, no obstante las ganas de transmitir optimismo, el repaso de lo que aconteció en el 2017 nos debe alertar sobre el devenir del mundo y del país: Los Estados Unidos de Norteamérica están presididos por un déspota extremo que expresa sin recato en palabras y obras la soberbia imperial, sin inmutarse por las consecuencias violentas de sus actos, ni la estela de miserias que deja cada vez que desertifica, embarga o veta a una nación, por supuesto los gobiernos subordinados al imperio, reaccionan obedientes y algunos hasta emulan el modo autocrático del presidente rubio.

Aquí en Colombia donde la corrupción llegó al colmo más vergonzante en la historia reciente ya que infectó las máximas instancias de la propia justicia y en el desbarajuste, el proceso de paz con las Farc, cuyos acuerdos firmados en la Habana parecían una luz de esperanza en la oscuridad de nuestro destino, lo han tomado por su cuenta las conciencias que prefieren proceder desde la venganza y no desde el perdón.

La presencia de multinacionales ávidas de usufructuarse de nuestros recursos naturales ya tienen la anuencia del gobierno y de sus compinches nacionales para explotar a su antojo nuestro subsuelo, con lo cual se impondrá una noción de desarrollo anti natura que padecerán las futuras generaciones.

Me imagino que ya me estarán reclamando el que reconozca las cosas buenas del 2017. A mi me alegró que la selección nacional de futbol haya clasificado al mundial de Rusia y otras acciones de la cultura que no sobresalieron como noticias, como El festival de títeres Manuelucho número 15, Las muestras del movimiento colombiano de la canción infantil, las obras de infraestructura urbana que dejaron en Santa Marta los juegos Bolivarianos, las novelas “La forma de las Ruinas” de Juan Gabriel Vásquez y “El Perdón” de Laura Restrepo.

En lo personal me enteré que mi hija tiene cinco meses de embarazó, asi que seré abuelo de un niño gringo nacido justo en la era Trump. Así que, inevitablemente, me afloran vestigios recónditos del mesianismo cultural y confío en que el año que viene será promisorio y de bienaventuranzas para todos. ¡FELIZ AÑO NUEVO!

 

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