Por: Columna del lector

Anomia

Por Pablo León

El mundo no se está acabando. Posiblemente, la humanidad sí. Llamar “el mundo” al sector de este planeta que ocupamos es tan pretencioso como llamar a Estados Unidos “América”.

La congresista Alexandria Ocasio-Cortez ha advertido que, si no se toman medidas drásticas, en 12 años volveremos al polvo del que hemos venido.

El reloj del apocalipsis marca dos minutos para la medianoche, algo que no ocurría desde aquellos lejanos años 50, década plagada de pruebas termonucleares, década que vio nacer la bomba de hidrógeno, década ensombrecida por la terrorífica carrera armamentística entre Estados Unidos y la extinta Unión Soviética.

Las afirmaciones de la representante demócrata han sido señaladas de alarmistas, apresuradas y faltas de respaldo científico. Lo que es innegable es que estamos propiciando un cataclismo global de una magnitud tal, que amenaza nuestra estadía en este maravilloso planeta, esfera verde-azul solitaria, única portadora de vida en todo el cosmos conocido.

Parece haber soluciones, pero ¿qué barreras nos impiden desarrollarlas con eficacia? El tedio y la indiferencia, las alucinaciones provocadas por la ficción cinematográfica, las declaraciones delirantes e irresponsables de idolatrados íconos de las finanzas y las ciencias, la degradación del vínculo social, la pérdida de la esperanza en un mejor porvenir y la caída de las instituciones son solo algunas de ellas. Es como si esperásemos el fin con ansias, como si cargásemos con un cansancio que nos invita a dormir para siempre, mientras naufragamos en la infertilidad de los sueños de libertad, emprendimiento e individualidad, obsequio de los chicos de Chicago para el resto de la especie.

La separación de los individuos en distancias ilusoriamente irreconciliables, como puntos desperdigados aleatoriamente en la penumbra, como un cielo estrellado sin constelaciones, como un lenguaje despojado de significación, se conoce como anomia.

El uso de ciertos discursos psicológicos, filosóficos y espirituales, tergiversados para servicio del modelo global actual, ha facilitado la fragmentación social. Vivimos nuestras vidas privadas de la misma manera que manejamos las relaciones comerciales: la pasión es una transacción, la amistad depende del costo-beneficio, la naturaleza es una fuente de materia prima, lo que no es “útil” no sirve. Resulta evidente la proliferación de tan macabra visión del mundo en el discurso cotidiano, las redes sociales o la publicidad.

Bendito es el solitario, el emprendedor, el asertivo. Bendito el desprendido, el multiespiritual. Bendito el que solo se necesita a sí mismo. Bendito el que no necesita amor, el único absurdo que nos salva del absurdo de la vida. Bendito el caritativo, siempre y cuando sus hazañas culminen en ruidosas ovaciones digitales. Bendito el que propende a la desintegración de la sociedad bajo el hipócrita estandarte de las microluchas especializadas.

En numerosas ocasiones hemos defendido revoluciones, en apariencia liberadoras, cuya ideología nos acerca, con sevicia parsimoniosa, a nuestra desaparición absoluta.

Por ahora, el mundo no muere, pero la humanidad peligra porque ha renunciado a sí misma, a ese ser genérico, universal, que deberíamos encontrar reflejado en los ojos angustiados de nuestro prójimo. Más fácil se nos hace dejar atrás este lugar, vuelto un basurero de plástico y corazones, y escapar a planetas distantes, motivados por apáticos delirios febriles de conquista espacial.

 

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