Por: Lorenzo Madrigal

Añoranza tributaria

Ya hemos visto cómo se les ponen nombres engañosos a las reformas tributarias, que si ley de financiamiento, que si de crecimiento económico, cuando en plata franca se trata de normas para apercollar al contribuyente y no darles escape ni salida a sus proyectos de pequeña empresa. Desde luego también para darle solvencia al Estado.

Nunca se les ha ocurrido a quienes hacen estas leyes llamarlas leyes de facilitamiento o de simplificación tributaria, porque jamás se ha pensado en agilizarle al ciudadano el pago de sus impuestos, sin llenar tantos renglones ni tratar de darle explicaciones al fisco sobre esto y aquello, en espacios en que ni cabe escribir, y esto cuando se presenta en papel proforma la confesión tributaria.

Habiendo comenzado la vida entre lenguas clásicas e historia antigua, cuando no sagrada, no me incliné hacia las matemáticas ni más tarde hacia los negocios, de ahí que entienda pocón de economía y de hacienda pública. Con ello, me aventuro a decir simplezas que tienen su lógica únicamente para la gente común.

Por ejemplo, por qué no dejar que se pierdan algunos dinerillos o quizás ingentes sumas, pero a cambio de otro tanto que se adquiere por la concurrencia de ciudadanos animados a limpiar su conciencia fiscal.

Dejar, sí, que las empresas de regular y gran tamaño se sometan a requisitos que puedan resolver los contadores públicos, que para eso están y con ello justifican su especialidad profesional.

Pero invítese a la ciudadanía de regular ingreso a entregarle al Estado una parte proporcional y equitativa, pero sobre todo de fácil deducción, de su renta de trabajo. Que sea cosa de una sola hoja de papel o de un verificable correo electrónico. Pienso que mientras más fácil sea el procedimiento, habrá más aporte voluntario, al tiempo que mientras más enojoso, se encontrarán salidas de apariencia legal, rebuscadas entre la maraña de los legalismos.

Hay que ver ahora las exigencias para hacer un simple cobro por servicios o para facturar ventas minoristas y cómo se deben preparar quienes las someten a trámite electrónico. Un curso por Internet y aun de presencia cuasi-escolar han de realizar los oficinistas y todo por el recelo que tiene el fisco de que se les está escapando por las fisuras el impuesto indirecto a las ventas (IVA), en cantidades asombrosas.

La verdad es que en el caso ventas no cabe voluntariedad ni buena fe (cunde el negocio), pero tampoco han de complicarse las cosas de modo que haya que graduarse en cobros para facturar, lo que hasta hace poco hacían los dependientes de almacén.

No les digo cómo hacerlo, pero háganlo, faciliten y les llegará el dinero fiscal con la abundancia de los graneros que lo producen. Dirán los que saben, qué belleza, la Arcadia feliz. Pero hagan felices a los ciudadanos y se desempeñará el Estado en su mejor esencia.

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2020-03-01T10:01:29-05:00

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2020-03-01T17:48:56-05:00

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