Por: Pascual Gaviria

Anormalidad ambiente

LAS PALOMAS QUE REVOLOTEAN por los bloques de la Universidad de Antioquia se han ido acostumbrando al estruendo de las papas-bomba.

Atienden el ruido con una vuelta al edificio de su predilección, sin mayores sobresaltos, como si escucharan el silbato de su adiestrador. Los estallidos son desde hace tiempo una especie de amenaza institucionalizada. Lo triste es que no sólo las palomas obedecen a los alardes de los agitadores.

Nuestras universidades públicas son un ejemplo sobrecogedor de cómo las manías revolucionarias pueden convertirse en simple reiteración. Una estridencia permanente que ha terminado por dejar sordos y mudos a la mayoría. Hace unos días una curiosidad personal me llevó a revisar algunas primeras páginas de periódicos de hace 38 años. Era lógico que apareciera una noticia rutinaria: luego de un año de paros estudiantiles se había logrado un acuerdo para que decanos, profesores y estudiantes ocuparan las sillas de los empresarios y el clero en los Consejos Superiores Universitarios. El triunfo era apenas un paso. La insubordinación educativa estaba llamada a generar cambios culturales y ser la vanguardia de la revolución. Así que los estudiantes y los profesores volvieron al campus, pero no a las clases: foros, asambleas permanentes, paros indefinidos y mítines políticos eran el pénsum obligatorio.

Hace setenta días la Universidad de Antioquia está sin clases por una decisión de la asamblea de estudiantes y profesores. Su principal reclamo es el mismo que estaba en los pliegos de hace 40 años: “Establecimiento de un sistema democrático para la elección de autoridades universitarias en los establecimientos públicos y privados”. Las elecciones son el pretexto perfecto para la grandilocuencia de los rebeldes profesionales. Sea que se escoja al presidente de la República o al decano de odontología. Algunos estudiantes llegaron hasta la huelga de hambre. Dejar de comer por el nombramiento del decano de odontología sólo demuestra el comienzo de una peligrosa caries cerebral.

Desde hace unos años la democracia imaginativa impuso las consultas a los profesores antes de la elección de los decanos. Un contentillo infantil. Creer que la democracia es el método de elección más idóneo para todos los escenarios es ya un trastorno populista. Pero el desvarío radical en el interior de la Universidad es aún más grave. Sus estribillos están acostumbrados a tachar la voz de las mayorías como simple manipulación burguesa. Mientras tanto las elecciones dentro del cerco universitario les parecen parte de una religión incontrovertible.

La lógica extorsiva y los métodos criminales han terminado por influir en muchos comportamientos de la comunidad universitaria. Un ejemplo sencillo: la Asamblea General de Estudiantes rechaza el uso de “la capucha como medio para viles atracos”, y lo apoya en cambio como “mecanismo de defensa de los estudiantes frente al embate de entes paraestatales”.

Mientras los profesores se encierran en sus oficinas para evitar atracos y los encapuchados hacen cumplir a punta de miedo sus órdenes de anormalidad académica, mientras la universidad se consolida como el más seguro embarcadero de droga de la ciudad y las formaciones militares en el interior forman parte del folclor, mientras los directivos miran a lado y lado sin atreverse siquiera a trancar las puertas a los jíbaros y a los venteros, la arbitrariedad ambiente termina a cargo de las pequeñas mafias y los paranoicos de la sospecha.

 

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