Por: Eduardo Barajas Sandoval

Ante el fracaso de la “Jamaica” alemana

Los países de régimen parlamentario no están obligados a soportar gobernantes sin apoyo popular. El jefe del gobierno puede permanecer en el cargo mientras tenga el sustento de una mayoría en el parlamento, conectada directamente con los electores; cuando la pierde, se tiene que ir. También se va cuando pierde la apuesta política de una votación. No existe seguro, ni garantía ni posibilidad de quedarse contra la marea de la voluntad popular, que proporciona legitimidad. 

Todo esto garantiza una especie de sanidad del sistema político, en la medida que plantea ecuaciones de poder basadas en realidades. Así se evita esa sensación de desasosiego que produce la presencia continuada de un mandatario sin apoyo, cuya presencia fastidia a muchos, aunque sepan que tiene contados en el calendario sus días de ejercicio del poder; como sucede en regímenes presidenciales. 

El riesgo grande, en las elecciones parlamentarias, es el de no poder conseguir una mayoría holgada para sacar adelante las iniciativas de un partido de gobierno que, de antemano, ya se sabe qué es lo que va a hacer. Cuando un partido queda de primero pero no alcanza a tener mayoría, viene la negociación de alianzas, que implica llevar al gobierno socios que “cobran” políticamente por hacer parte de un gobierno viable. Si las negociaciones fracasan, puede haber nuevas rondas, se puede caer en la categoría, contrasentido, de un gobierno minoritario, o se vuelve al veredicto de las urnas.

Angela Merkel, al frente de la Unión Demócrata Cristiana, concurrió en septiembre, por cuarta vez, a las elecciones generales, con el ánimo de obtener un nuevo mandato. Su partido resultó vencedor, pero perdió el apoyo de sectores que presuntamente migraron hacia la “Alternativa para Alemania”, cuya llegada al Parlamento significa el más grande avance de la extrema derecha después de la guerra. 

La señora Merkel había gobernado, en el último tramo, en alianza con los socialdemócratas, sus rivales tradicionales, en una alianza equivalente a nuestro “frente nacional”.  El resultado electoral demostró, una vez más, que las uniones entre opositores tradicionales terminan por debilitarlos a ambos, pues el electorado se desencanta de la pérdida de personalidad debida a las concesiones hechas. No solo el partido de Merkel perdió electorado, sino que el Socialdemócrata obtuvo el peor resultado de su historia de posguerra.

Cerrada, en principio, la posibilidad de continuar en esa alianza, cuando el jefe socialdemócrata Martin Schulz decidió retomar las banderas esenciales de su partido, la canciller buscó una coalición con su partido hermano, el de la Unión Social Cristiana, de Baviera, el Partido Democrático Libre, de corte liberal, y los verdes. 

Luego de un mes de conversaciones, Alemania vive una situación inédita, tras el fracaso en la búsqueda de acuerdos para armar lo que algunos dieron en llamar la “Coalición Jamaica”, por la coincidencia de los colores distintivos de sus integrantes con la bandera de la isla antillana. Las diferencias en el tratamiento del problema de los refugiados, en medidas energéticas y medioambientales, y en asuntos fiscales dentro del proceso de unificación entre las dos Alemanias, terminaron por hacer imposible un arreglo. 

Antes de llegar al extremo de un nuevo llamado a las urnas, con el riesgo de que se repitan los mismos resultados de septiembre, las alternativas son escasas. Los socialdemócratas difícilmente retornarían a una alianza que acentuaría su desvanecimiento. Los dirigentes del Partido Democrático Libre, acusados por los demás de haber desbaratado la posible coalición, insistirían en no ceder en su punto de vista sobre las compensaciones entre las dos antiguas Alemanias. Y ya se sabe que los verdes y los partidos de centro derecha no alcanzan a obtener la mayoría necesaria para sostener un gobierno.

Aunque la Coalición Jamaica haya fracasado, Angela Merkel sigue siendo el fiel de la balanza de la política alemana de nuestros días. Esto no quiere decir que necesariamente vaya a seguir en el poder, sino que, de lo que ella haga o deje de hacer, depende enormemente el destino político del país más sólido política y económicamente en el contexto europeo y en el seno de la Unión, en un momento crucial. 

La aventura de un gobierno minoritario significaría atrofia en sus posibilidades de acción. La canciller vigorosa y segura que ha protagonizado hasta ahora tantos episodios cruciales de la marcha de Alemania, y de la Unión Europea, tal vez no estaría dispuesta a actuar con las limitaciones de poder que conlleva un gobierno minoritario, que contradice la lógica profunda del sistema.

Surge entonces en estas circunstancias la figura del presidente de la República Federal, que en situaciones de normalidad tiene solo funciones representativas, pero a quien la Constitución confiere, en casos como el presente, la potestad de intervenir en la orientación del proceso que busque la formación de un nuevo gobierno. Para ello dialogará con los representantes de todos los sectores políticos, seguramente con la idea de que Alemania siga siendo el país que ofrece la mayor estabilidad interna, al servicio de la europea.

Invitados otra vez a formar una alianza, los socialdemócratas podrían estar dispuestos a participar solamente si pasan ellos a ejercer la jefatura del gobierno. Situación que implicaría el relevo de Merkel, que se puede producir también si su propio partido la aparta de la jefatura, en busca de alternativas de gobernabilidad. En ambos casos el “sacrificio” político de la figura más exitosa de la última década no solamente traería consecuencias importantes al interior de su país, sino en el escenario internacional, en el que juega un papel muy importante, particularmente en lo que queda del bloque occidental, con la ventaja de mantener una relación clara y viva con lo que queda del oriental.

De lo que pueden estar seguros los alemanes es de que su sistema político, que está a prueba, les garantiza la validez comprobada de la tarea del gobierno que se pueda conseguir en nuevas negociaciones de las fuerzas políticas, o del que surja de nuevas elecciones. En forma tal que, por ningún motivo, tendrán que soportar la presencia de un gobierno sin raigambre en la voluntad ciudadana, que es fuente de solidez y garantía de la marcha del país entero en una misma dirección.

 

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