Por: Eduardo Barajas Sandoval

Ante el reto de Damasco

Bashar al-Assad amenaza al mundo mientras sigue sacrificando a su pueblo; qué pensarán hacer ahora la OTAN y los autodenominados campeones de la libertad? ¿Estarán prestos a intervenir? O quedarán contentos con las advertencias de buena conducta que han comunicado al régimen y se abstendrán de meterse en un país mucho más complejo y difícil que Libia, conectado con varios frentes que prefieren dejar quietos. Aunque allí haya una tragedia humanitaria peor que todas las demás de la lista de la primavera árabe.

Una vez terminada la diligencia de acabar con el régimen de Muammar Gaddafi, los agentes que con bombardeos prestaron apoyo aséptico a los llamados rebeldes hasta dejarlos en control del país, han sido llamados a casa. A sus jefes no parece interesarles lo que pasa en Siria, donde el ejército no ha tenido ningún reato en disparar fusiles y tanques contra su propio pueblo. Por mucho menos intervinieron prontamente en Libia. Ahora se contentan con admoniciones que no tienen mayor efecto.


Con asesores expertos en las antiguas artes de sobrevivir la molestia popular por la falta de libertades efectivas, el Presidente sirio ha optado por el más sencillo de los argumentos para sostenerse en el poder: mandar sus tropas a la calle a castigar a balazos las manifestaciones que reclaman una apertura política que tiene como uno de sus puntos fundamentales su renuncia.


Fiel a los postulados políticos de su padre, de quien heredó la presidencia hace once años, dejando su profesión de oftalmólogo, obligado por la camarilla en el poder, Bashar dice entender la crisis de su país como un nuevo capítulo del enfrentamiento entre el islamismo y el pan-arabismo, doctrina dominante entre los regímenes post coloniales que justo ahora han comenzado a naufragar.


El estadista hereditario de tradición represiva estima que su gobierno no ha obrado con testarudez. Para probarlo afirma que apenas días después del comienzo de las protestas inició un proceso de reformas. El primer cambio consistió en dar por terminado el estado de emergencia vigente durante los últimos cuarenta y ocho años; solo que a la siguiente manifestación las tropas mataron mil trescientas personas y arrestaron a diez mil, según la BBC.


Las pretensiones de obtener un sistema judicial independiente y de levantar la ley marcial, no han sido siquiera escuchadas. Tampoco los reclamos de cese del control de los medios de comunicación. Para no hablar de dar por terminados métodos salvajes de represión. Una amnistía ofrecida en mayo ha producido algunas liberaciones de presos políticos, pero nada que hacer frente al volumen de los nuevos arrestos. Y mucho menos se ha puesto en marcha el diálogo en pos de una apertura democrática que permita la existencia de partidos políticos diferentes del Baath, o del renacimiento, hermano del de Sadam Hussein, que ha dominado la vida política del país durante más de medio siglo.


En entrevista con un diario británico Assad advirtió que si Occidente se atreve a intervenir en Siria, él se encargará de producir un terremoto. Se encontrarán uno o varios Afganistán, dice. Con lo cual pretende espantar a quienes, con la salvedad de Rusia, han pretendido adelantar acciones en su contra en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. También seguramente a quienes, como su vecina Turquía o su hermana Arabia Saudita han tratado de ejercer presión en busca de un cese del proceso represivo.


Siria es una pieza clave en el juego político del Oriente Medio. Sus vínculos con Irán, lo mismo que con Hamas y Hezbolah, permiten pensar que la amenaza de Assad consiste simplemente en la opción de activar un conflicto que involucraría al Líbano, lo mismo que a Israel, para no hablar de opciones aún más complejas que podrían llevar a una confrontación que afectaría toda la región. Como serían las de involucrar a los kurdos y a diferentes grupos políticos y religiosos que estarían dispuestos a entrar en el río revuelto, como ha sucedido tantas veces en la ya muy larga historia de esa zona del mundo que en realidad constituye el más viejo continente. 


Es muy posible que exista un miedo generalizado a intervenir a medias en un país en el que uno termina por exponer a la muerte a alguien a quien empuja a actuar pero no tiene cómo defender. De pronto es aún mayor el miedo a descomponer el precario equilibrio de un país y de una región volátil por excelencia. Aunque el tiempo, como suele suceder, juegue en contra del dictador, la insurrección popular puede tomar todavía mucho tiempo en producir efectos, máxime cuando, a diferencia de la de Libia, está desprovista de herramientas complementarias de las que proveen potencias entrenadas ahora en apoyar revueltas desde el aire, cuando les da la gana y ven fácil el triunfo, claro está.

 

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