La importancia de los archivos para construir la verdad del conflicto armado

hace 1 hora
Por: Eduardo Barajas Sandoval

Ante la arremetida del Talibán

Por precaria que sea la participación ciudadana, las elecciones siguen siendo el mejor antídoto frente a las posturas políticas radicales que invitan al retroceso. La segunda ronda de las elecciones presidenciales significó, en la incipiente democracia afgana, un rechazo al radicalismo y a la invitación forzada a la regresión que plantea la guerrilla del Talibán.

Si bien es cierto que los procesos electorales han sido escasos y deficientes en Afganistán, el solo hecho de que las elecciones presidenciales hayan tenido lugar sería ya una victoria. Aunque falta mucho para saber siquiera el resultado de las votaciones del 15 de junio y mucho más aún para que la institucionalidad democrática del país sea sostenible.

Los esfuerzos de búsqueda de la democracia en las condiciones de un país que ha tenido que soportar al tiempo una sublevación interna animada por el terrorismo y una fuerte presencia armada internacional, revisten una dificultad enorme. La conducción de la guerra antisubversiva por parte de potencias extranjeras no deja de producir heridas adicionales en el seno de una sociedad dividida. El hecho de que una parte de ella termine aliada con poderes foráneos para luchar en contra de sus propios connacionales causa heridas difíciles de sanar.

El propósito de dotar a Afganistán de un sistema político conforme a los parámetros generalmente aceptados de las democracias occidentales ha tenido a la hora de la verdad tanto éxito como la lucha contra la guerrilla Talibán. Es decir que los resultados siguen siendo en ambos casos inciertos. Toda una experiencia histórica y una forma de ser nacional, fundamentadas en una cultura milenaria de autonomía política tribal y de rechazo a la injerencia extranjera, presentan un cuadro particularmente difícil para que, como extraterrestres, lleguen los países miembros de la Alianza del Atlántico Norte a facilitar que un pueblo del centro del Asia se convierta política y culturalmente a un modelo que parece un implante difícil de asimilar.

El drama afgano no es otra cosa que la confrontación, de fondo, entre tendencias antagónicas que miran la una hacia el pasado y la otra hacia al futuro. La del Talibán, que se debe mencionar así, como si fuera un singular, busca más por la fuerza que por la razón devolver al país a un modelo que no todos quieren, y que reclama el retorno a unas raíces que separarían de nuevo a la sociedad afgana de la comunidad internacional, cada vez más abierta al intercambio cultural y a la adopción de modalidades de vida cotidiana que comparten rasgos comunes. La de la búsqueda de un esquema democrático, basado por ahora en elecciones regulares, pretende hacer el esfuerzo de acostumbrar a los afganos a una forma de acción política nueva, que reemplace las tradiciones tribales y también la monarquía autoritaria.

La participación ciudadana, como en todas las democracias precarias, o que lo son tan solo de nombre, sigue siendo baja y la organización electoral primitiva. Los procesos electorales son lentos e inciertos, al punto que los resultados de la segunda vuelta, que tuvo lugar el 15 de junio, solamente se conocerán a principios del mes entrante.  El Talibán amenazó con el ejercicio de la violencia a los votantes para que no se hicieran presentes en las urnas. El sábado mató sesenta personas en diferentes ataques contra el proceso electoral y el domingo les cortó el dedo a once que tenían la marca de haber sufragado.

Las potencias occidentales presentes todavía en el país, y a punto de irse luego de una especie de derrota política y militar que no han querido reconocer, han demostrado que se conforman con cualquier cosa. Así, con ocasión de la reelección del presidente saliente, Hamid Karzai, se hicieron los de la vista gorda ante las irregularidades que terminaron en su retorno al poder. Ahora abogan por el éxito de un proceso que debería conducir al primer traspaso del gobierno dentro del sistema que se quiere parecer, lo más que se pueda, a la democracia.

Como suele suceder, se dijo que la jornada electoral que acaba de terminar sería definitiva para el destino del país. Todavía no es claro si la participación electoral subió o bajó para la segunda vuelta, porque sobre el particular existen varias versiones. El embajador de los Estados Unidos, James Cunningham, obrando como padrino del proceso, ha dicho según la prensa que los comisionados electorales, a cuyo cargo estará el escrutinio, deberán obrar con imparcialidad, y que los candidatos se deberán abstener de hacer juicios prematuros y críticas que no estén soportadas en evidencias. Todo bajo la sombra del poder oculto del Talibán, que rechaza el modelo democrático naciente e insiste en mantenerse aislado del proceso y en reclamar el ejercicio de una oposición que no da tregua.

 

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