Por: Reinaldo Spitaletta
Sombrero de mago

Ante la ley

Tal vez estemos entrando en los tiempos en que a un hombre, al que muchos han visto como una especie de general sin laberinto, o de deidad de farándula, o de superhéroe de cómic trasnochado, o de creador de fantoches que lo siguen como ovejas mansas a su pastor, o de servidor de una élite de banqueros y terratenientes, le estén llegando los momentos de la decadencia. Esa suerte de “profetica” forjador de desgracias para los más pobres (que a veces son los más creyentes en diosecitos de paja) da la impresión de estar entrando en la recta final de su rodada.

Alguien que ha concentrado tanto poder, sobre todo montado en un proyecto basado en la guerra, el miedo y el odio, también en el macartismo y los señalamientos temerarios, puede estar ahora al borde del abismo que él mismo labró. Da la idea de similitud con el personaje otoñal de una novela de García Márquez, que una vez preguntó qué horas son y le “habían contestado las que usted ordene, mi general”. La metáfora, en todo caso, no es gratuita.

Puede ser el momento del examen de un tiempo en que abundaron los terribles “falsos positivos”, en el que hubo muertos a granel con el espejismo funesto de haber sido “dados de baja” por ser presuntos guerrilleros, cuando no eran más que muchachos desempleados, sin apellidos de selectas estirpes, solo llevados al matadero porque había que justificar una aberrante “seguridad”, sí, la de unos pocos, los de una élite, porque las mayorías populares estaban sometidas a las miserias y desgracias producidas por los enviados del neoliberalismo. “No estarían cogiendo café”, se le oyó decir al hombre del “embrujo autoritario”.

Puede ser la hora de volver a examinar los días en que se legisló contra los trabajadores, a los que se sometió a la esclavitud, se les despojó de derechos conquistados y se les conculcaron garantías laborales. Puede ser la ocasión para evocar los tiempos del teflón, cuando nada lo afectaba. Y mientras sus subordinados iban a prisión, o al menos eran investigados por cohechos y otros delitos, el hombre pasaba de agache, sin mácula. Inodoro. Incoloro. Es hora de la memoria. De recordar las maniobras para el “articulito” reeleccionista y el trueque de notarías por votos, por ejemplo.

Quizá ya nadie recuerde la resistencia civil, popular, contra un “peajito social” y las marchas contra su entreguismo (soberanía nacional incluida) en su postración ante Washington en las suscripciones de los leoninos tratados de libre comercio, ni sus calificaciones de “buenos muchachos” a delincuentes y personas nada gratas. Es hora de poner en la picota las “chuzadas” a periodistas, magistrados, opositores, y de no olvidar tantos atentados contra estudiantes, profesores, empleados…

El poder se ha ejercido en Colombia de modo sórdido. Aterrador. Los mandamases han tenido al país como una finca de pastoreo. Lo han rifado, subastado, puesto a sus pies como una alfombra sobre la cual se puede vomitar o como si fuera un par de chancletas (incluidas algunas de fabricación china). Y entre tanto señor feudal que ha manejado a su amaño la manoseada “patria” (término envilecido precisamente por los politiqueros), ha estado el denominado “señor de las sombras”. Puede ser el momento de acordarnos del profesor Alfredo Correa de Andréis o del alcalde de El Roble.

Los obnubilados seguidores de esta especie de brujo de pueblo, de “mesías” con gotitas de valeriana, siguen proclamando que “plomo es lo que hay” o hablan de “pelas” o siguen el mal ejemplo de su capataz de “te doy en la cara, marica”, y no falta el que haga “fiesta” con algún contradictor del “todopoderoso”. Aunque cada vez (una muestra fueron las lánguidas manifestaciones del domingo último) son menos los alienados por esa suerte de hipnosis de circo mediocre.

En cualquier caso, y ante el llamado a indagatoria que le ha oficializado la Corte Suprema de Justicia, es pertinente decir que nadie está “por encima de la ley” (tampoco debe estar por debajo). Que se juzgue en derecho. No lo llaman por estar “cogiendo café”, ni siquiera por haberle “colgado la lápida” a los que en su gobierno denominó “guerrilleros de civil”, “comunistas disfrazados”, “terroristas”. Lo llaman por manipulación de testigos.

Puede ser la hora de no olvidar a los millones de desplazados que causó su gobierno, ni la parapolítica, ni la enorme corrupción (Agro Ingreso Seguro, la yidispolítica, Carimagua y un largo etcétera) ni otras ignominias. De su comportamiento oficial como mandatario se espera el juicio de la historia (que no lo absolverá). El hombre parece estar deshojándose, como el personaje de García Márquez que en medio de un reguero de hojas amarillas supo que no volvería a ser el dueño de todo su poder.

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