Por: Gustavo Páez Escobar

Antigua Bogotá

Denodado defensor de los monumentos históricos de Bogotá e infatigable propulsor de su desarrollo fue José Joaquín Herrera Pérez, muerto en marzo de 2005. Su amor por Bogotá era obsesivo. Pocas personas como él han cumplido una labor tan perseverante y decidida por el progreso de la capital. Está considerado como el mejor amigo de Bogotá.

Dejó huellas indelebles de su paso por diferentes entidades a las que estuvo vinculado, como el Instituto Distrital de Cultura y Turismo, la Sociedad de Mejoras y Ornato, el Planetario Distrital y el Museo de Desarrollo Urbano. Fiel a esa vocación, hace muchos años fundó la Sociedad de Amigos de Bogotá, encargada de preservar el patrimonio histórico, señalar abusos públicos –de las autoridades o los ciudadanos– y promover la preservación de la memoria histórica y el desarrollo armónico y amable de la pujante y bella metrópoli que es hoy la capital colombiana.

El nervio de esta actividad se encuentra en la casa situada en la calle 12 con carrera 6ª, dotada de una excelente biblioteca y donde se guarda una inmensa cantidad de fotos de la vieja Bogotá, lo mismo que de personajes históricos de la ciudad y del país. Allí se ofrecen permanentes exposiciones y se cumplen diversos actos culturales. Este es el valioso legado que Herrera Pérez le dejó a Bogotá, y que por otra parte queda recogido en dos libros de su autoría: un estudio sobre los monumentos públicos y la historia del Palacio Municipal y del edificio Liévano.

Ahora, dos hijos suyos, Gabriel y María Elvira Herrera Herrera, que llevan en sus venas la rica semilla que sembró su padre, prosiguen esta obra de maravilloso contenido cívico. Como primer paso, revivieron la Fundación Amigos de Bogotá e impulsaron la tarea trazada por su fundador, a través de la intensa vida cultural que se vive en la sede de la organización.

E hicieron imprimir en los últimos meses del año pasado, con el sello de la Editorial Planeta, un precioso libro, en pasta dura y con exquisita confección artística, que lleva por título Antigua Bogotá, 1880-1948. En él reúnen 48 postales con fotos memorables de la ciudad, correspondientes a la vieja Bogotá que se ha venido desvaneciendo al paso de los días, pero que conserva en muchas de sus facetas la imagen perdurable de un sitio de gratísima memoria.

Los arañazos del tiempo no han conseguido borrar la cara entrañable, tal vez envejecida –pero perenne y diáfana para quienes la conocemos de vieja data–, de esa sosegada Bogotá de la era  colonial, inconcebible para las generaciones actuales. Hoy la vida es de ruido,  afán y velocidad. Las añejas construcciones se cambiaron por las líneas airosas y vertiginosas que implantó el urbanismo apabullante de estos días. Ese contraste entre lo antiguo y lo nuevo es lo que plasma el encanto de una ciudad que no se deja robar la esencia primitiva y tampoco impide el gigantismo arrollador de la época moderna.

Muy bien define esta metamorfosis de la ciudad el profesor e historiador Germán R. Mejía Pavony en las palabras de presentación de la obra: “Sus edificios, calles y decenas de otros objetos y lugares pueden sobrevivir a sus creadores pues están hechos de materiales más duraderos que la piel que nos protege a nosotros, los constructores de ciudad”.

Adentrarnos en el alma de la ciudad que quedó detenida en 1948, cuando la barbarie incendiaria destruyó casonas y edificios coloniales, y se inició una nueva era, es –me parece– el fin esencial de esta serie de fotografías que evocan el pasado sin ignorar el presente y el futuro. Los cambios de piel de Bogotá significan el proceso natural que lo mismo en las ciudades que en las personas imprime la evolución inevitable de los años.

La belleza de estas fotos recopiladas por los hermanos Herrera es el testimonio  elocuente con que ellos honran la imagen de su padre y al mismo tiempo enriquecen y exaltan la historia bogotana.

 

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