Por: Weildler Guerra

Antiguos recién llegados

Es reconfortante encontrar en la producción editorial de nuestro país un espacio digno para las obras literarias de los autores indígenas. Estas publicaciones mantienen vivas las expresiones estéticas de la palabra de estos pueblos que se afinca vigorosamente en el pensamiento mítico amerindio. Gracias a ello los lectores de las literaturas indígenas podrán deleitarse con el poemario Antiguos recién llegados, del escritor wayuu Vito Apüshana, publicado por la editorial Sílaba y presentando recientemente en la “Fiesta del libro y la cultura” en Medellín.

Las creaciones de Vito Apüshana pueden situarse en la tradición de los jayeechimajachis, prestigiosos guardianes de la memoria y del arte de cantar historias. La obra de Vito se desenvuelve en un territorio dotado de una estructura narrativa que es inteligible para el poeta, pues lo ha recorrido y conoce su textura y rasgos distintivos: cerros tutelares, cementerios, rocas mitológicas que proveen a los grupos humanos de un origen y un destino que trascienden al mero individuo como lo recogen los versos del poema De un alaüla, de Alemasahua: “Ya naciste… / y naciste hijo de gente, de los fundadores de trochas del cerro de Epitsü. / Y puedes irte y puedes no volver, / pero siempre estarás ahí… junto al árbol Mokooshira / que circunda tu cementerio; ahí pertenece tu sombra y tu descanso”.

En un poema llamado Walatshi encontramos que las disputas, como la roja vida, están inscritas en la memoria dolorosa de los lugares, en el cuerpo de los humanos, en los circuitos sociales por los que fluyen los valorados animales y los armoniosos collares entregados en las compensaciones. La tierra es un tablero en donde es posible dibujar el camino de la paz: “Mi tío Walatshi ha llegado de donde estaba. / Trajo, en silencio, un antiguo problema de hombres / Le oímos resollar la ofensa… y nos observa la vida / Su bastón de mando le ordena dibujar en la tierra / No habrá pleito: sus años han encontrado el oculto reposo del dolor”.

Estas formas de conceptualizar el mundo y de interactuar con él son transmitidas por los mayores en las horas propicias para los relatos: en la penumbra de la madrugada o alrededor de la luz centelleante de las hogueras nocturnas. El poeta apela a las metáforas que no son simples recursos literarios, sino que indican potenciales transformaciones morfológicas, perceptibles para los ojos sensibles de los chamanes y para el mismo autor. La metáfora entre los indígenas no está hecha para el asombro, ella da señales para la activación de repertorios prácticos apropiados en ámbitos específicos para la acción.

El lector buscará en este libro sus claves mitológicas escondidas de cómo rastreamos el sentido oculto de los grafismos indígenas. Este poemario invita al lector “a colgar sus miedos en los ganchos de las mochilas familiares”, a descifrar las pistas sensoriales de la vida inscritas en los montes y en el tono vocal de un territorio. Encuentro en él una milenaria cosmología que nos permite situarnos “en el sembradío de la prolongación” al que nos trajeron nuestras madres para que participemos con todos los seres sintientes de “la roja celebración de estar vivos”.

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