Por: Santiago Gamboa

Antioquia, Fajardo, el mundo

Qué cantidad de cosas para comentar esta semana antes de llegar a mi tema.

ETA se retira de la lucha armada con una paradoja señalada por Fernando Savater. Según ellos, “gracias a la lucha armada se llega al feliz momento en que podemos prescindir de la lucha armada”. Ay, las armas. Los adultos siguen jugando con soldaditos, aunque ya no de plomo. Y sus consecuencias. Como el cuerpo de Gadafi con un tiro en la cabeza, en violación del derecho internacional humanitario (por muy asesino y genocida que haya sido, al recibir el disparo estaba inerme, no representaba un peligro). Viendo la foto del cuerpo desde Colombia, ¿cómo no recordar nuestra terrorífica galería de cadáveres? Entre nosotros, la imagen de un cuerpo abaleado y del que se extrae una pistola de oro corresponde sobre todo a un narcotraficante. Discúlpenme si traigo a su memoria cosas desagradables, pero, ¿no recordaron a Pablo Escobar, a Gonzalo Rodríguez Gacha o, más recientemente al Mono Jojoy? Así es la vida y así es la muerte. Quienes tuvieron todo el poder, en vida, caen como ratas. Gadafi, cuyo avión privado tenía grifería de oro, fue extraído de una tubería empolvada y seca. Escobar, que también sabía de griferías de oro, corrió en calzoncillos por un techo y cayó con más de treinta impactos de bala. En fin. No hay que ser muy filósofo para sacar conclusiones.

Pero de lo que quiero hablar realmente en esta columna está muy lejos de Libia, pues pasa y pasará en Antioquia, para mí tierra adoptiva (viví en Robledo, a las afueras de Medellín, desde los 30 días de nacido hasta los cinco años), una región que tiene la oportunidad de elegir (y lo hará) para su Gobernación a Sergio Fajardo, una de las personas más lúcidas y coherentes de nuestro panorama político. Qué tranquilidad saber que la región va a estar dirigida por alguien cuya propuesta ciudadana y ética va más allá de un mero partido, pues apunta a cambiar de raíz las costumbres políticas, con reglas de juego transparentes que le devuelvan al votante y al ciudadano su dignidad. Hace poco le oí decir: “La corrupción es el único robo en el que el robado no se da cuenta de que fue robado, y luego le agradece al ladrón”. Ojalá desde Antioquia, en un par de años, el modelo se pueda llevar a todo el país y Fajardo tenga que trastearse a Bogotá. En estos casos siempre recuerdo un proverbio judío: “Cuando uno sabe qué es lo correcto, lo difícil es no hacerlo”.

En cuanto a Medellín, espero que Aníbal Gaviria arrase. La campaña negra de su principal rival, al que ninguna persona decente nombra más que con el apelativo de Abominable (sin ofender al Hombre de las Nieves), es una de las cosas más sucias que he visto en la política y en la vida. Me cuesta trabajo creer que alguien en su sano juicio pueda apoyarlo, pero tal vez el secreto esté justamente en eso, en que el Abominable mantiene borrachos a los suyos con los millones de quienes lo apoyan. En la borrachera todo luce mejor y el más grosero y gritón acaba pareciendo un mariscal. La Alcaldía, para ellos, es una gigantesca botella de aguardiente que se quieren tomar, hasta la última gota. Pero las borracheras se acaban y luego viene el dolor de cabeza, la ‘moridera’. Miren cómo quedó Gadafi al final de la suya.

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