Antioquia, la de Santa Laura y “Popeye”

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Esa pequeña comedia que empezó hace dos semanas con la intención de la Asamblea de Antioquia de declarar hijo adoptivo a Alejandro Ordóñez, el debate subsiguiente y el desenlace final de no hacerlo, además de dejar un tufillo muy maluco demostró que algo se terminó de corromper en el alma antioqueña.

Convertir al ex procurador en paisa por decreto era una gran provocación, un desafío camorrero y grotesco a un pedazo enorme del país, pero también de Antioquia, que lo ve como un corrupto, como alguien que terminó destituido por haberse hecho reelegir con favores y puestos; que persiguió a quienes se le oponían y los sacó de competencia, y al mismo tiempo absolvió a amigos y escondió las investigaciones de Odebrecht.

Y la decisión de reversar el homenaje no se dio porque Ordóñez quemara libros hace años, ni hostilizara desde su alta dignidad a madres abortantes, enfermos terminales que querían morir con dignidad  y homosexuales con deseos de armar una familia; tampoco porque estuviera haciendo política abierta y sin vergüenza desde el cargo, sino porque a última hora surgió algún articulito salvador que evitó tremendo disparate.

¿Cómo entender ese espíritu antioqueño que busca con afán ser reconocido como el más innovador en el siglo XXI y al mismo tiempo se reafirma en su actitud reaccionaria y en preservar las más fatídicas tradiciones del siglo XIX: una sociedad tutelada por los curas, una paz ganada a punta de guerra, unos terratenientes en resistencia a soltar lo conseguido en esa guerra, un caudillo salvador por encima de las leyes, y un conservadurismo estructural que no deja espacio a lo diverso?

Antioquia decidió, como ningún otro lugar, la suerte del plebiscito por la paz, cuando casi dos terceras partes de los suyos apostaron a hundirla. Unos, porque así lo ordenaba Álvaro Uribe; otros por un desprecio medular al Presidente bogotano; la mayoría por un odio incontenible hacia las Farc; muchos porque la iglesia local estaba más en contra que a favor. Y se repitió esa amarga realidad de que en muchos pueblos donde padecieron el conflicto de verdad, el más atroz, ganó el Sí y la opción conciliadora. Así fue en Apartadó, Dabeiba, Ituango, Cáceres, Tarazá, Caucasia.

La incongruencia moral es un triste patrimonio de la especie, pero en el caso de los paisas adquiere unas dimensiones más fáciles de rastrear y cuestionar por esa adhesión en lo público y en lo privado al sagrado corazón, a la moral católica más convencional. Hay una bellísima imagen narrada por Virginia Gutiérrez de Pineda en su estudio sobre la familia colombiana en la que recrea esa epopeya emocionante que fue la colonización antioqueña. Según Virginia, detrás de las carretas donde iban los patriarcas, con sus matronas respetables, la prole numerosa, los animales, los enseres, iban los carromatos con las putas escondidas. Y lo primero que se trazaba en cada nuevo pueblo era la plaza central, para luego decidir dónde iría la “zona de tolerancia”.

Casi dos siglos después, esa contradicción no solo sigue vigente sino que parece gozar de la mejor salud, aunque Medellín ya pueda mostrar metro y metrocable, y viaductos y túneles kilométricos. Entonces, Antioquia tiene santa (la única colombiana en los altares) y el mayor número de iglesias por habitante en el país, pero también fue hasta hace una década y media una de las ciudades más violentas del mundo, y de unos años para acá se convirtió en la capital de la silicona y la feminidad artificial y en un destino sexual de bajo precio para gringos aventureros, de los de mochila, que además de degradar a mujeres colombianas, no dejan muchos dólares, pero sí circulan enfermedades y alimentan el micro tráfico de drogas y toda su delincuencia. Allí, en esa ciudad donde se erige la catedral de ladrillo más grande del mundo, John Jairo Velásquez, “Popeye”, un hombre que tiene 300 muertos directos en su consciencia y otros tres mil indirectos, y anda libre y escasamente arrepentido por las calles, es hoy todo un líder de opinión que le da consejos al “Chapo” Guzmán en la web sobre ocultarse y hacer colapsar al Estado mexicano, y que habla en tono emocionado sobre la épica del cartel de Medellín, e invita a marchar contra Santos y la corrupción. Y la gente salió masivamente a marchar.

En 1999, Clarita Gómez de Melo escribía en el periódico La hoja un delicioso ensayo titulado “Lo feo de ser antioqueño”. Allí, además de burlarse inteligente de la tal “antioqueñidad”, y del concepto de “la raza antioqueña”, reconocía con dolor cómo esta tribu que sembró de pueblos y de café la medianía de las cordilleras central y occidental le ha hecho aportes tan importantes a la vida nacional como Pablo Escobar, Carlos Castaño y Pedro Antonio Marín, “Tirofijo” (antioqueño por extensión).

A Clarita, que falleció de cáncer en 2002, no le tocó ver a Álvaro Uribe presidente y tal vez por eso no lo tuvo en cuenta en esa lista, pero es probable que lo hubiera incluido pues es él quien refleja como nadie esta sociedad antioqueña de hoy, enferma y degradada, cínica, ansiosa de la guerra, feroz con el pecado ajeno pero condescendiente con el propio, “berraca” en el sentido de no andarse con escrúpulos y seguir solo una ética de los resultados, y tranquila en que su iglesia le seguirá legitimando privilegios y gestionando los perdones y los salvoconductos al cielo. Una Antioquia que consiguió construir una ciudad innovadora, pero no un ciudadano innovador, ético, plural, comprensivo, pacifista.

Sé que hay una Antioquia que resiste, que se opone, que se avergüenza de todo esto, pero la veo muy tímida, perpleja, para hacerle frente a esta realidad monstruosa.

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