Antivirus y radio artesanal

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Dos cabezazos creativos salvan el confinamiento. Habrá otros, muchos otros. Pero los espacios radiales alternativos de que trataremos son brotes que reventaron en pleno encierro. Y si no se hubiera detenido la máquina del ruido, tal vez hoy no existirían.

A un grupo de periodistas y activistas de organizaciones sociales se le ocurrió un nombre inmejorable para el momento: El antivirus. Sus creadores no pertenecen a una gran cadena comercial. Llevan años peleando porque en el país sean viables las emisoras comunitarias.

Están agrupados en un gremio, Fedemedios, y su nuevo producto se difunde por cuatrocientas de ellas. La audiencia está en pueblos, veredas, de las cuatro dimensiones colombianas. El vozarrón del presentador suena desde Miami, el productor está en Tauramena, el libretista en Suba, el director Mauricio Beltrán en Bogotá. Todos desde sus viviendas, como ordenan las autoridades.

En emisiones diarias de una hora, de lunes a viernes, suministran noticias interesantes para la pobrería, hacen entrevistas holgadas con funcionarios oficiales y líderes populares que con frecuencia se enmarañan en un lenguaje oenegero. Les dan micrófono a los niños para que sueñen al aire con lo que harán cuando el aire disuelva el contagio. Descubren gente que hace malabares para sobreaguar el encierro.

Lo más sulfúrico es el concurso “Para que cante desde su casa”. Un músico profesional -Edson Velandia desde Piedecuesta, Isabel Ramírez ´La muchacha´ desde Manizales, Systema solar desde la Costa- rueda la grabación de una reciente composición -El empiezo, Chicles, Pa´ sembrar- y los oyentes envían videos imitándolos o modificando letras, ritmos, coreografías.

Entontes salta el ingenio general. Desde cada región visten el tema con sus instrumentos, grupos de teatro le montan escena, cantantes entonan versiones sobre las que uno exclama “de dónde sale tanto talento”. Al cabo de dos semanas destella un ganador. Los artistas curtidos lo felicitan al aire y el aire revienta de tonadas.

Desde otro ángulo, el artista múltiple León Octavo Osorno montó en su casa del barrio empedrado San Antonio de Cali, la Radio Artesanal Villamaga. La anuncia como producción de la corporación Sonoris causa. Realiza un exquisito programa diario de media hora, que ronda por las melodías olvidadas de nuestro continente.

A este oficio lo llama guaquería y lo presenta como alternativa a los “medios de idiotización masiva”. Es furibundo contra los que desdeñan la melodía y solo aprecian la letra de las piezas. “La música tiene la palabra”, es su silogismo.

En esta cruzada rescata el choro brasilero, el chamamé argentino, la galopera paraguaya, nuestro porro. Le da madera a la Pollera Colorá documentando la voz de Juan Bautista Madera compositor de la música, quien ante el desconocimiento que le hizo Wilson Choperena autor de la letra, reviró: “lo que vale es la melodía, la letra sola no la baila nadie”.

No es extremista. Uno de sus temas cumbre es la historia de la canción argentina “Merceditas” a cuya música, letra, mil versiones y afligida historia, consagra un programa deslumbrante.

arturoguerreror@gmail.com

 

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