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“Soy un hombre de provincia”, dijo Jesús Antonio Bejarano en un discurso que pronunció en Ibagué. “De una tierra de paz, que incubó desde las montañas del Sumapaz, de Chaparral y desde las selvas de Galilea, la ruta ordinaria de la guerrilla”, explicó; “una tierra que sabe cuánto cuesta la guerra”. En estas palabras dichas desde la comodidad que da el estar entre paisanos, Bejarano habló con orgullo sobre su papel como consejero presidencial para la paz y la confianza que en él depositaba el entonces presidente Barco. “No son ya necesarios los apellidos y los padrinazgos para desempeñar funciones en el Gobierno”.

Al revisar algunos de sus escritos e intervenciones, encontré la certeza de que Bejarano tenía, sobre todo, claridad. Claridad, por ejemplo, sobre el proceso de deslegitimación que a lo largo de los años 80 vivió no solo el Estado, sino también la subversión armada. En el caso del Estado, esta tenía que ver con la cadena de guerra sucia y manos negras. En el caso de la guerrilla, esta deslegitimación constituía un cambio en las sensibilidades de toda una generación. En una de sus intervenciones, el profesor contó cómo muchos de sus compañeros de generación “pretendieron desde la insurgencia, en lo que fue, para decirlo con las palabras de una canción de moda, un acto imprescindible de ilusión, imponer con la violencia lo que según ellos se les negaba por el camino de la democracia”.

En la resaca de negociaciones fracasadas a finales de la década del 80, Bejarano hizo énfasis en cómo la estrategia de negociación con las guerrillas consistía en uno de los componentes de la política de paz. Pero que era mucho más necesaria para superar la violencia, incluyendo la deslegitimación de la violencia como forma de ejercicio de la política. Para esto, decía, eran necesarios “el fortalecimiento del consenso democrático, el fortalecimiento de la justicia y de los movimientos populares y sociales”.

Su visión sobre el legado de productividad y crecimiento económico que dejaba la guerra colombiana era también muy sensata. “Existe una cierta movilidad empresarial”, dijo sobre la forma como, por lo general, ante los problemas de la inseguridad rural terratenientes tradicionales vendían sus fincas o hacían alianzas con nuevos empresarios del narcotráfico, que tenían la plata, los hombres y las armas necesarios para “afrontar el riesgo”. Así, la violencia y el florecimiento de ciertos capitales iban de la mano. Para mediados de los años 90, Bejarano la tenía clara. “En tanto la intensificación de la violencia de los 80 ha sido en gran parte provocada por sectores de extrema derecha”, escribió, “no es de extrañar que exista una correlación positiva entre las tasas de crecimiento del sector agropecuario y las distintas formas que toma la violencia rural”.

Pero, sobre todo, Bejarano explicaba con mucha precisión las dificultades de la negociación de la paz en Colombia. En un recuento sobre iniciativas que salieron adelante y otras que fracasaron completamente, recalcó que unas y otras habían esquivado una discusión sobre la política. Es decir, se habían evitado conversaciones que abrieran el debate sobre distintos proyectos nacionales y visiones sobre el país. Según expuso, se hablaba mucho sobre condiciones de sometimiento, ceses al fuego, pero poco sobre puntos de encuentro entre ideas sobre el futuro muy diferentes. “La solución política negociada tiene dos partes”, escribió. “La parte que implica la palabra negociada y la parte que implica la palabra política. Generalmente aquí en Colombia, como no pensamos muy despacio los temas, le damos mucho énfasis a la palabra negociada, cuando lo que es importante es la palabra política”.

El problema de los pactos de paz nacionales, afirmaba, no era una falta de cultura de la negociación, sino que “no estamos de acuerdo con los contenidos políticos de la negociación”. Esta convicción lo llevó a rechazar por completo cualquier negociación con el paramilitarismo. No era posible un diálogo con grupos más enfocados en el mercenarismo sin cohesión en su proyecto político. Esta convicción lo llevó además a rechazar y criticar el proceso de paz entre las Farc-Ep y el gobierno de Andrés Pastrana. El profesor Bejarano pensaba que, con ambas partes esquivando las conversaciones difíciles, no había ningún espacio para “construir los consensos necesarios para hacer de la negociación un propósito común” ni para “comprometer a las partes en una dinámica de acuerdos necesarios que sustituya la dinámica de la confrontación”. De acuerdo con sus escritos, Bejarano hubiera trabajado y apoyado el proceso de La Habana, donde las discusiones duras sobre lo político tomaron una posición central.

Bejarano fue asesinado por las Farc-Ep mientras se dirigía al salón de clases, en septiembre de 1999, en la Universidad Nacional de Colombia.

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