Por: Tatiana Acevedo Guerrero

Antonia, Juan y Juana

En Socorro, Santander, se rinde homenaje con un monumento en piedra a la heroína Antonia Santos. En artículos de prensa y documentos expuestos en museos y archivos se cuenta cómo, a las 10 y 30 de la mañana del 28 de julio de 1819, el silencio de Socorro “fue entorpecido por el sonido del redoblante y el aleteo de las palomas de la Plaza Mayor de aquel entonces, hoy Parque de la Independencia. Justo el momento en que Antonia Santos era conducida al cadalso, donde minutos más tarde sería fusilada”. En la casa de la cultura de Socorro se exhibe la ropa con la que estuvo presa, los objetos y las joyas que llevaba en el calabozo y un gran retrato hecho mediante recuerdos y relatos de cómo se veía antes de morir.

Santos, que pasó su niñez en la hacienda de sus padres, llamada El Hatillo, fue educada no solo en las labores del hogar y los miedos católicos, sino también en matemáticas, escritura y lectura. Heredera del descontento y la rebeldía del movimiento comunero de finales del siglo XVIII, la familia invirtió su tiempo y recursos en formar una guerrilla en soporte de la campaña libertadora. De acuerdo con el trabajo de historiadores, entre las guerrillas más importantes se encontraban “la de la Niebla”, con miembros de Santander y Cundinamarca; “la guerrilla de los Almeida en el Valle de Tenza” y las “guerrillas de Zapatoca, Guapotá, La Aguada, Oiba, Chimá, Aratoca, Guadalupe, Simacota, Onzaga, El Hatillo y la de Coromoro”. Esta última fue la iniciada por la familia Santos y la que, con la muerte de su padre, pasó a sostener Antonia desde la hacienda. Documentos de la Academia Colombiana de Historia cuentan cómo la guerrilla de Coromoro, en la provincia del Socorro, fue “la más organizada y la que peleó más bravamente durante los tres años de la Reconquista Española”.

Con motivo de las celebraciones del Bicentenario se ha recordado cómo un destacamento militar español, al mando de Pedro Agustín Vargas, apresó a Antonia Santos, junto con su hermano menor Santiago y su sobrina Helena, como “enemigos de la causa del rey y reos de lesa majestad”. También con motivo del Bicentenario se intentó poner el foco en el sacrificio de Antonia y la importancia de estas guerrillas en el consecutivo triunfo independentista, tras décadas y décadas en que el protagonismo fue de hombres blancos, bajitos y peinados con patillas. Ahora que se acabó el año de celebración, quizá valga la pena ampliar el grupo de nuestros personajes y hacer énfasis en el hecho de que, junto con Antonia Santos, fueron también aprehendidos sus dos esclavos.

Pese a que ambos, un hombre y una mujer, fueron ejecutados junto con los Santos y a que participaron en las batallas que llevaron a la independencia, no se conocen bien sus nombres, apellidos o rostros. Para el país que entonces se celebraba como República, la ciudadanía estaba restringida. El censo electoral, que contenía la lista de los ciudadanos habilitados para votar, incluía “varones libres” que además tuvieran “más de 21 años”, “empleo o industria”, supieran leer y escribir, profesaran “alguna ciencia o arte sin sujeción a otra persona en calidad de sirviente doméstico” y poseyeran “propiedad raíz en razón de 500 pesos o un empleo con renta de 300 pesos por año”.

Hoy, a diferencia de entonces, nos está permitido imaginarnos herederos de mujeres increíbles. Todo un esfuerzo institucional nos ayuda a reconocernos así. De 2020 en adelante deberíamos imaginarnos también como herederos de hombres y mujeres desarraigados y desposeídos, descendientes de africanos, en cuyas manos se gestaron la independencia, el pasado y el presente.

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