Por: Gustavo Páez Escobar

Anzoátegui, en el fragor de las batallas

Hace 200 años –el 15 de noviembre de 1819– murió a los 30 años de edad, en Pamplona, Colombia, el general José Antonio Anzoátegui, uno de los próceres más destacados de las batallas del Pantano de Vargas y del Puente de Boyacá. Había nacido, con precario estado de salud, en Barcelona, Venezuela, el 14 de noviembre de 1789, en vista de lo cual fue bautizado de emergencia siete días después, ante el temor de que no se salvara.

Pero sobrevivió, y libraría 20 campañas y 37 acciones militares, lo que parece increíble. Hacía parte de la guardia de honor de Bolívar. Sobresalió por su valor, decisión y estrategia, rasgos que le hicieron ganar el hondo aprecio del Libertador. En 1810 se integró a la causa de la libertad. En 1813, luego de haber estado preso por los realistas, regresó al ejército de Venezuela con el grado de capitán.

En 1814, bajo el mando de Bolívar, sobresalió en la toma de Santafé de Bogotá. Ambos se compenetraban cada vez más en su misión de libertar los pueblos americanos del dominio español. En 1818, con motivo de la toma de Angostura, le fue conferido el grado de general. Para el Libertador no podían pasar inadvertidas la destreza y lealtad del aguerrido militar.

Decidida la batalla de Boyacá, Bolívar asumió las riendas de la operación, junto con el general Santander como jefe de la división de vanguardia; del general Anzoátegui como jefe de la división de retaguardia, y del general Soublette como jefe del estado mayor. Gracias al brillante desempeño que tuvo Anzoátegui en esa contienda, recibió un nuevo grado: el de general de división. Había coronado una de las etapas más gloriosas de su carrera, y pensaba, por supuesto, seguir adelante en el terreno que aún faltaba por conquistar.

Después de la batalla de Boyacá, el Libertador lo nombró comandante del Ejército del Norte. Era una altísima distinción para el exitoso guerrero. Pero se interpuso el destino inescrutable, y Anzoátegui, en su viaje a Venezuela, sufrió en Pamplona una grave enfermedad que nunca se ha precisado. Había salido triunfador en numerosas batallas, y ahora la batalla de la muerte lo cercaba y lo sacaba de combate.

El deceso ocurrió en el agasajo que se le tributaba el día de su cumpleaños: entró en estado de inconsciencia a la una de la tarde del 14 de noviembre y murió a las diez de la noche del día siguiente. A falta de un diagnóstico preciso, se habló de “una fiebre mortal”. Ante su repentina desaparición, exclamó Bolívar, estremecido por el dolor: “Habría preferido yo la pérdida de dos batallones a la muerte de Anzoátegui. ¡Qué soldado ha perdido el Ejército y qué hombre ha perdido la República!”.

El héroe fue exaltado con la Orden de los Libertadores de Venezuela y con la Cruz de Boyacá. Sus cenizas quedaron guardadas en la catedral de Pamplona, pero el terremoto de 1875 –que destruyó a Cúcuta– las hizo desaparecer. El estado de Barcelona, donde nació, pasó a recibir su nombre. En Puerto La Cruz también se bautizó el estadio olímpico con su nombre. En referencia a las penalidades sufridas por el ejército en su recorrido desde Venezuela a Colombia, y acentuadas en su paso por el páramo de Pisba, Anzoátegui le decía en carta a su esposa:

“Solo el genio del Libertador pudo salvarnos y nos salvó efectivamente; auxiliados, eso sí, por el patriotismo y el entusiasmo de los patriotas de la provincia de Tunja, especialmente por las mujeres que, ¡no lo creerás!, se despojaron realmente de su ropa para hacer con ellas camisas, calzoncillos y chaquetas para nuestros soldados, y de todo lo que tenían en sus casas para socorrernos. Fue esta una resurrección milagrosa. Nos devolvió la vida, el valor y la fe”.

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