Por: Santiago Gamboa

Apátridas

TODO EL MUNDO HA CELEBRADO los nombramientos del nuevo gobierno en lo referido al gabinete y a ciertas oficinas del Estado.

Por eso es tan incomprensible, por eso cayó como un balde de agua helada la noticia del nombramiento de Uribito como embajador, y nada menos que en Italia. ¡Italia! Dios santo. ¿Por qué? Si se buscaba tenerlo alejado del país, había otras salidas. ¿Qué mejor oportunidad para establecer relaciones diplomáticas con Islas Tonga, o incluso con Alto Volta, un país que ya no existe y que, de ese modo, nunca firmaría el beneplácito? Pero… ¿Italia? ¿Enviarlo al país del buen gusto, que inventó la forma del soneto y propició el Renacimiento? ¿Mandar a este templo del saber y la estética a semejante personajillo vulgar, iletrado y grosero? Es sabido que la política nuestra se hace con puestos —algo que los Verdes querían cambiar— y es obvio que si Arias apoyó la campaña de Santos no lo iba a hacer “de gratis”, pero es que no salgo de mi asombro: ¿poner a este yuppie madurado biche, treintañero y gritón, a este producto del “todo vale, papá” y del “mientras no sea ilegal, hágale, así sea inmoral” de representante en Roma? ¿Enviar como embajador al que regaló recursos públicos a los palmicultores de la costa, a finqueros ricos y directores de periódico, para que apoyaran sus alucinadas aspiraciones? No lo puedo creer. ¿Cómo podrá representar a los colombianos quien prometió que si llegaba a gobernar indultaría a los militares que asesinaron a colombianos inocentes en el Palacio de Justicia?

Ahora bien, Uribito sí que tuvo motivos para pedir Italia. Incluso, exigido Italia, pues la verdad es que él no va a Roma a representar a nadie. Lo que va es a aprender. ¿De quién? Pues del gran estadista Silvio Berlusconi. A pesar de haber sido el más zalamero de los aristogatos de Uribe, a Arias ya no le importa que Berlusconi haya dejado metido a su presidente en la única visita oficial que éste hizo a Italia —muy comprensible, tenía cita con el cirujano que le implantó el pelo—, pero es que es demasiado atractivo, fíjense: Berlusconi gobierna y legisla a favor de los ricos, igual que Uribito en su ministerio; Berlusconi manipula a la justicia, y eso Uribito apenas lo está aprendiendo; Berlusconi sabe comprar voluntades políticas, y en esto Uribito está flojo (si no, hubiera ganado la consulta); Berlusconi alterna groserías con frases aprendidas de memoria, y en esto Uribito sí puede aportarle algo (en las groserías). En realidad es un golpe genial. Muy pronto cantará O sole mio junto a su nuevo amo y ladrará exultante cuando gane el A.C. Milan. Por eso pidió Italia, país que, a sus ojos, no será más que una fonda con bellas playas y comida sabrosa, atendida por su propietario. Y no se equivoca. Aprenderá lo que no pudo de su ex tutor, completará los créditos de su formación de estadista. Podrá incluso alternar con un cursito sobre los doce Césares, que para su sorpresa no es sólo el nombre de un grill. Y, ¿quién sabe? De pronto logra que el A.C. Milan compre al Tino Asprilla. Con eso estaría justificada su gestión. Pero mientras tanto, los colombianos que vivimos en Italia tendremos que taparnos la nariz y hacer de cuenta que somos apátridas.

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