Por: Juan Carlos Gómez

Aplican restricciones

Afortunadamente amainará por unos días el insoportable ruido de la publicidad electoral a través de la radio.

Sin embargo, se notará más la cantidad de cuñas que terminan con voces aceleradas y distorsionadas anunciando que “aplican restricciones”. Con ello se da a entender que el contenido de un comercial es incompleto, como si los mensajes —cualquiera que sea el medio que se utilice— no pudieran ser suficientes para publicitar las bondades de un determinado bien o servicio.

La lamentable práctica de agregarle advertencias a la publicidad de manera exagerada en buena parte tiene su origen en interpretaciones absurdas de la Superintendencia de Industria y Comercio, que desde hace diez años aproximadamente asumió equivocadamente que los colombianos éramos incapaces de discernir el contenidos de los mensajes publicitarios. Esas interpretaciones llegan al extremo de confundir publicidad con oferta comercial, lo cual en muchas ocasiones obliga a que un anuncio tenga que convertirse casi en un texto de contrato en el que se especifiquen todas y cada unas de las condiciones que regirán en caso de que el televidente, el oyente o el lector decidan consumir.

Por otro lado, están los anuncios que también de manera burlesca terminan informando, “que vigila la Superintendencia Financiera, que la de Servicios Públicos Domiciliarios, que Etesa.” Como si fuera novedoso que un Estado tan inútilmente intervencionista como el nuestro se metiera en todo. Pues agreguen de una vez que nos protegen Dios, la Policía y el Ejército, y nos persigue la DIAN.

Lo que se está haciendo con tanta alharaca es confundir el mensaje, hacerlo ininteligible o convertirlo en ruido que sólo molesta y simplemente se ignora. Se mató la creatividad y la publicidad de radio en gran medida se volvió insoportable entre tanta referencia inútil a organismos gubernamentales y advertencias anodinas.

Lo que sorprende es que los anunciantes se hayan plegado y aceptado mansamente esa forma de censura que imponen a la publicidad tantas entidades públicas que, por el gusto de oírse mencionadas infinidad de veces, obligan a que los mensajes se contaminen con su nombre. Por culpa del Estado la publicidad no puede perder el arte de la sugestión.

 

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