Por: María Elvira Bonilla

‘Apocalipsis now’

HABÍA PASADO MÁS DE UN MES DESde su liberación, pero a Luis Eladio Pérez se le seguían escurriendo las lágrimas cada vez que recordaba el cautiverio.

Su memoria parecía detenida, reiterativa y fija en el sentimiento que le marcó los siete años de selva: la humillación. Cualquier episodio narrado lo regresaba al mismo punto, a aquello que nunca le perdonará a la guerrilla de las Farc: la humillación. Todo lo demás, las precarias condiciones de subsistencia, las largas marchas con el agua al cuello, el pantano, la monotonía, el miedo, la convivencia en condiciones inauditas, todo podría borrarse y hasta olvidarse menos esa condición injusta y abusiva a la que lo sometió la guerrilla. Vivencias que aparecen nuevamente en el libro que acaba de publicar, pero sin la intensidad de los testimonios orales que concedió recién liberado, impactantes y llenos del color y con la vivacidad de las imágenes frescas y espontáneas, que no han pasado por el cedazo de la palabra escrita.

La humillación, como arma para controlar, para dominar a seres humanos en estado de indefensión, es señal inequívoca de la degradación de un conflicto. Como ha ocurrido en Colombia. Un arma que usaron hasta la saciedad los paramilitares en las tomas de los pueblos, para amedrentar y generar horror entre los sobrevivientes de las masacres, adoptada también por la guerrilla, tanto las Farc como el Eln, desde hace más de una década, cuando optaron por hacer del secuestro con fines extorsivos o políticos (para presionar el canje de guerrilleros detenidos), un arma de guerra, como nunca antes en la historia del mundo. Una práctica abominable y despreciable que viola las reglas de cualquier guerra y que junto a la destrucción de los cascos urbanos y la muerte de campesinos inermes en los ataques con cilindros-bomba a las pequeñas poblaciones, marcaron la desnaturalización de la guerrilla como fuerza política insurgente. Con sus prácticas se enfrentaron y generaron un rechazo frontal del mundo civilizado, independientemente que se sea de derecha o de izquierda.

La realidad de los secuestrados pudriéndose en las selvas colombianas, encadenados como perros a árboles o entre ellos mismos cuando llega la hora de las insufribles marchas con el único propósito de escapar a los cercos militares, sin derecho a una interlocución elemental ni a los cuidados más simples, siempre rodeados de odio y resentimiento, ajenos al trato digno que se merece cualquier ser humano, es inaceptable. Desafía los límites de la cordura, similar al infierno que muestra Francis Ford Coppola en Apocalipsis now, y nos envía un llamado de urgencia para sacarlos de esa demencial jungla de inhumanidad en la que se encuentran abandonados.

¿Por qué no se emplea a fondo el presidente Uribe en esta tarea como gobernante y ahí sí como compatriota, y aprovecha su popularidad, su audacia y su viveza de culebrero antioqueño, para conseguir la liberación de sus compatriotas secuestrados? Para la Patria, como dice él, para su responsabilidad como Presidente de todos los colombianos, eso es más importante que su pelea y la de su familia con Yidis Medina y los enredos de cohecho, que por lo demás, son reflejo de la otra degradación que vive Colombia, la de la política.

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