Por: Juan Carlos Botero

Apolo 11 era imposible

Estamos a punto de celebrar el aniversario de una hazaña formidable, quizá la más extraordinaria de la historia de la humanidad, y para refrescar el tamaño de esta proeza y las dificultades tan colosales que afrontaron sus protagonistas, basta ver el documental dirigido por Todd Douglas Miller, titulado simplemente Apolo 11.

La película revive la misión completa del primer alunizaje, realizado el 20 de julio de 1969, y lo hace sin entrevistas y con un abundante tesoro de material de archivo, incluyendo una filmación de 70 mm que nunca se había mostrado al público, y las imágenes son todas abrumadoras.

Lo que más me impactó la primera vez que lo vi fue comprobar, admirado, la magnitud del reto técnico. Porque ésta era una gesta destinada al fracaso. No había forma de lograr, en menos de una década, lo que John F. Kennedy anunció, como empresa nacional y colectiva, en 1962. Y no sólo por lo peligroso e inhóspito del medio, sino ante todo por lo desconocido. La verdad es que nadie sabía cómo hacer todo lo que se requería para que un ser humano tocara la luna con los dedos.

Se nos olvida, en efecto, que lo que se propusieron los científicos, técnicos, matemáticos e ingenieros que estuvieron detrás de los proyectos Gemini, Mercury y Apolo de la NASA, era inalcanzable como meta final. Y cada una de las miles de etapas intermedias eran igualmente imposibles. Porque no era factible diseñar un motor de propulsión que permitiera romper la barrera del sonido. Y era imposible fabricar un cohete que tuviera la potencia de vencer la fuerza de gravedad de la Tierra. ¿La idea de proyectar a un ser humano al espacio, y que éste girara alrededor del planeta en órbita, y que después regresara, sano y salvo, a casa? Imposible. ¿La opción de lanzar un cohete, con tres tripulantes, y llegar a la luna sin morir o perderse en la vastedad del espacio? Imposible. ¿Que esos mismos tripulantes aterrizaran en la luna en un lugar exacto, cuando tanto la luna como la Tierra se mueven en una danza permanente, no sólo girando alrededor del Sol, sino rotando sobre su propio eje, y después despegar de nuevo y retornar al planeta sin arder en llamas? Imposible. Y, sin embargo, contra todos los pronósticos, cada una de estas etapa se fue logrando, permitiendo pasar a la próxima, hasta que la hazaña final de Apolo 11 se realizó sin tropiezos hace 50 años.

Aun así, lo mejor del documental es que muestra la grandeza humana de los individuos que encabezaron la misión, los tres astronautas Aldrin, Collins y especialmente Armstrong. Es inconcebible la presión que tenían que sentir esos caballeros, mientras maniobraban hacia la superficie lunar, sabiendo que 530 millones de personas los estaban viendo por televisión, y con todo lo que estaba en juego. Pero cuando finalmente lo lograron y los coronaron como héroes, lo primero que hizo Armstrong, sereno y modesto, fue reconocer el trabajo colectivo de los 400.000 trabajadores de la NASA que hicieron posible la misión. Este señor renunció a ser una celebridad, o un millonario, y nunca hizo alarde de sus opiniones políticas ni de sus creencias religiosas. Fue un hombre discreto y estoico, privado, con una templanza de carácter única, y gracias a él y a sus colegas y a todos los empleados de la NASA, se logró, en efecto, lo imposible.

 

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