Por: Klaus Ziegler

Apología del fútbol

Ver jugar a Lionel Messi puede llegar a ser un deleite tan grande como escuchar a Glenn Gould interpretando a Bach, aunque con una diferencia: Gould se ciñe a la partitura, ¡Messi la inventa!

El fútbol es el deporte más popular del Planeta. Se juega en los cinco continentes, no distingue razas, ni respeta privilegios. No hay periódico o noticiero que no dedique a diario una parte generosa de sus espacios a comentar los partidos, a discutir los goles, a entrevistar a los técnicos, a conversar con los jugadores… Con un PIB de 500 mil millones de dólares, superior al Producto Interno Bruto de Colombia, su economía se sitúa en el décimo séptimo lugar.

Un fenómeno de masas de tal magnitud debería merecer la mayor atención de los sociólogos. ¿Cómo un simple juego de pelota pudo llegar a convertirse en un espectáculo universal? Un extraterrestre se vería en dificultades para asimilar esta realidad. Supongo que igualmente desconcertante le resultaría el hecho de que Elvis Presley o Marilyn Monroe figuren entre los grandes íconos de la cultura planetaria, mientras que, digamos, Jonas Salk, quien salvara a la humanidad de la devastación de la polio, sea casi un anónimo. Cabe preguntarse si semejante escenario no lo haría dudar de la existencia de vida inteligente en la Tierra.

Para comprender por qué el fútbol pudo convertirse en un deporte ecuménico, debemos remontarnos a sus orígenes, al llamado “mob football”, o “fútbol de carnaval”. Este espectáculo, popular en la Inglaterra medieval, consistía en una forma brutal de desafío: dos pueblos vecinos se enfrentaban en una lucha por llevar un voluminoso balón de vejiga hasta la plaza del pueblo rival, en medio de los empellones, golpes y patadas de los adversarios, cuyo número podía llegar a quinientos. Durante la competencia, los lugareños procuraban sellar sus puertas y ventanas para evitar los estragos de una turba enardecida que iba destruyendo cuanta cosa encontraba a su paso. Tal grado de violencia obligó a reglamentar el “juego”, prohibiéndose asesinar voluntaria o involuntariamente a cualquiera de sus oponentes.

Su descendiente directo, el fútbol moderno, a pesar de su belleza y finura, conserva de su ancestro algunos rasgos arcaicos: en esencia sigue siendo un duelo entre naciones, pueblos, barriadas, o entre dos entes abstractos. Y aunque simbólica, la lucha puede llegar a ser real, como en la llamada “guerra del fútbol”, entre Honduras y El Salvador, en la que un partido por las eliminatorias para el campeonato mundial de 1970 fue el detonante que enfrentó durante cuatro días a los ejércitos de ambos países, en la conflagración más ridícula de la historia reciente.

Aparte del fútbol, pocos espectáculos logran exacerbar en igual medida ese sentimiento jerárquico que llevamos dentro. Y aunque toda competencia deportiva sea en últimas un combate ritual, es difícil sentir muchos otros deportes (el bádminton, por ejemplo) como verdaderas alegorías de la guerra. La ilusión no se logra sin el despliegue, a cielo abierto, de ingenio, vigor y fuerza: el pase milimétrico, el contragolpe, la potencia de los disparos, el ímpetu, la habilidad para irrumpir en las líneas enemigas, para estrellar finalmente la pelota contra la malla del contrincante, en medio de los cánticos, los himnos, los silbatos, las banderas y el frenesí desbordado de miles de aficionados enfermos de pasión futbolística.

Para comprender cuán figurada puede llegar a ser la lucha, consideremos el extraño y curioso fenómeno de los hinchas vitalicios, y su voto de lealtad eterna a un equipo. Es obvio que las selecciones solo tienen una realidad temporal. No existe algo sempiterno y fijo que podamos llamar “El Santa Fe”, o “El Barcelona”. La selección de hace una década no guarda parecido con la de hoy, excepto por el nombre, el escudo, el uniforme y otros invariantes igualmente irrelevantes. No obstante, sus seguidores insisten en considerarlo la misma entidad. Para llevar el argumento al extremo, imaginemos que la noche anterior a la gran final de la Copa Europea, un multimillonario, dueño absoluto de los grandes clubes, les ordena a los jugadores del Chelsea llevar el uniforme del Bayern Munich, y viceversa. De ahí que los hinchas de cada equipo quedarían convertidos, ipso facto, en hinchas del rival. ¿Perdurarían leales a sus selecciones?

Los lingüistas han señalado un sesgo cognitivo semejante: hablamos de “Londres” para aludir a la ciudad desaparecida tras el gran incendio de 1666, y a la vez, para referirnos a la metrópoli actual, construida por fuera de la antigua muralla romana que encerraba la ciudad medieval. La abstracción es abusiva, pero igualmente seguiríamos llamando “Londres” a cualquier reconstrucción de la vieja urbe, sin importar que hubiese sido levantada al otro lado del canal de la Mancha.

Otra evidencia a favor del elemento gregario subyacente al espectáculo del fútbol es el comportamiento territorial, el cual puede apreciarse en la enorme ventaja que significa jugar de local. En 19 Mundiales, el equipo anfitrión ha resultado campeón el 32% de las veces, y ha ocupado los dos primeros lugares el 42% de las veces. En 11 oportunidades (58%) ha ocupado uno de los tres primeros puestos. El equipo alemán obtuvo uno de sus títulos jugando como local, y otro en Suiza, su segundo hogar. Inglaterra logró ganar el campeonato mundial una sola vez: en Inglaterra; asimismo Francia.

Pero que estemos dominados por profundos sesgos sicológicos no constituye en sí algo reprochable, ni le resta méritos al espectáculo. Deplorable, sin embargo, es la actitud prepotente y clasista de algunos intelectuales que, sin comprender las sutilezas del juego, lo menosprecian, lo tachan de diversión para las masas, de fiesta para la plebe. La apreciación resulta tan ignorante como aquella declaración del inolvidable “Mostaza” Merlo, mediocampista argentino, a quien alguien le preguntara, tras un partido en el cual se había mostrado infatigable en la cancha: “¿Pibe, cuántos pulmones tenés?" A lo cual contesto con sincera humildad: “Uno, como cualquier cristiano”

No obstante el aura de sofisticación que rodea a los concertistas, y en contraste con la figura poco refinada del jugador de fútbol, desde el punto de vista neurológico no existen mayores diferencias entre las habilidades del uno y del otro. Ambos poseen un alambrado neuronal sofisticadísimo, un cerebro único capaz de ejecutar complejas secuencias de movimientos, con precisión asombrosa. Semejante nivel de perfección y maestría solo se alcanza si esas destrezas motrices se desarrollan desde muy temprano en la vida. Y entre miles que lo intentan, solo un puñado de privilegiados logra el virtuosismo que el desempeño profesional en ambas actividades exige. De ahí que la sentencia, “El fútbol es popular porque la estupidez es popular”, sea una afirmación infundada, irreflexiva, sin importar que provenga de un gran intelectual como fue Borges.

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