Por: Beatriz Vanegas Athías

Aportes al #YoTambién

No me sustraigo a la ola que crece del #YoTambién, aunque les parezca exagerada a muchos hombres catapultados como lúcidos e intelectuales. Porque allí entre ellos, entre los escritores, académicos y poetas pululan también los acosadores. A mí, por ejemplo, un prestigioso escritor me quiso encamar para cobrarme la inclusión de un poema mío en una antología de poesía. La antología ya había sido publicada y mi poema, seleccionado no necesariamente por decisión de él, pero su macho interior acostumbrado a engatusar todo lo femenino que respirara a su lado se quiso cobrar una elección que sólo ocurrió por la calidad del poema.

Sabido es que nuestro canon literario es absolutamente patriarcal y que existe en cada región de este país de regiones un escritor entronizado como el papá de los pollitos que ha dejado su ADN regado en muchos prólogos de mujeres aspirantes a escritoras. Esto no ocurre a los jóvenes escritores, pues el hecho de ser hombre da por sentado que es buen escritor. Y qué decir de las escritoras lesbianas, esas sí que no tienen chance con los dueños del poder literario, porque esas no lo dan así no más. Ser mujer, escritora y lesbiana en Colombia es un acto de resistencia, de duplicar y hasta triplicar las horas de trabajo para visibilizar lo creado. Me atrevo a decir que por cada tres buenas escritoras invisibilizadas, hay un escritor catapultado por los amigazos, hermanazos, parcerazos y hasta amantazos.

Sí, porque siempre he admirado esa manera fervorosa con la que se protegen entre escritores, a tal punto que esta mente perversa mía me hace pensar que hay muchos más homosexuales enclosetados. No es sino ver la camaradería entre ellos a través de las redes sociales y observar cómo les cuesta elogiar a una buena autora. Es una tácita misoginia, es decir, un miedo a reconocer a esa mujer que escribe mejor que él, que posee todas las relaciones sociales además de un falo poderoso. La generosidad es un acto natural si proviene de nosotras hacia ellos, pero hay que ganarla a pulso si es de ellos hacia nosotras.

Pero está también la veneración de las escritoras hacia sus colegas hombres, a muchas se les dificulta solidarizarse con su congénere, en tanto que caen rendidas ante cualquier aspirante a escritor con buenas palancas. Porque culturalmente hemos sido entrenadas para no respaldarnos unas a otras, por el contrario, nos perseguimos, nos agredimos, nos desacreditamos, en esa suerte de acoso que enfrenta a mujer contra mujer. A veces las mujeres somos más depredadoras entre nosotras y si lo dudan, lean a las columnistas a las que les parece exagerada la campaña del #YoTambién; o aquellas que enfatizan que no son feministas, que ni por el carajo.  Están en todo su derecho, sin embargo, se siente en su posición una soterrada ausencia de argumentos.

Habría que empezar pues una campaña del #YoTambiénEnLaAcademia:  desde la casa con la madre machista que acosa, que angustia; desde el colegio con el profesor de Educación Física que relega a las niñas al papel exclusivo de porristas para solazarse con el trasero de las estudiantes; desde universidades como la Industrial de Santander para amainar la arremetida de poderosos e intocables profesores de la Escuela de Idiomas, por ejemplo, que han frustrado y amargado la vida de chicas y chicos abusando del poder de cazadores para decidir quién pasa o no su asignatura. Desde el oficio de escribir para que desaparezca la opción de ser una mínima cuota femenina en el canon literario.

Decirlo, gritarlo, escribirlo es de alguna manera conjurarlo. No dejemos de hacerlo, un mes de campaña es nada, ante siglos de haber sido la suculenta presa de los cazadores.

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