Por: Daniel Emilio Rojas Castro

Apoyo civil e implementación de la paz

Todo, o casi todo, le está restando valor a la negociación de paz. El apoyo inicial con el que contó la firma del acuerdo se está desvaneciendo súbitamente, al tiempo que surgen nuevos problemas e interrogantes sobre su implementación.

De manera bastante preocupante, la comunidad de intereses que se construyó durante las conversaciones de La Habana, y que manifestó con movilizaciones ciudadanas en toda Colombia su respaldo al esfuerzo del Gobierno y de las Farc para ponerle fin al conflicto, está perdiendo su norte político. La coyuntura más importante de la historia reciente del país se está desgastando y el sueño de la reconciliación está convirtiéndose en pura y simple apatía frente a un proceso de reconstrucción social delicado y complejo que para muchos no parece tener resultados. ¿Por qué ahora, cuando más se le necesita, el apoyo a la paz parece claudicar en vez de fortalecerse?

El escenario político ayuda poco para brindarle confianza a los colombianos. La implicación de funcionarios del Gobierno en el escándalo de corrupción de Odebrecht, una negociación con el Eln que parece no despegar, el timonazo de la Corte Constitucional al rechazar el fast track, el paro de maestros, la situación cada vez más degradada de Venezuela y la indeclinable campaña nacional e internacional del Centro Democrático contra los acuerdos agrietaron las bases de apoyo del Gobierno entre la sociedad civil.

Por otro lado, el bombazo del Centro Comercial Andino opacó la entrega de armas de las Farc, conforme al propósito que los terroristas quisieron darle a tan vil y cobarde acto. Además de las consecuencias en términos de víctimas, la bomba del Andino y la oleada de acusaciones que le sucedió en las redes sociales viene a recordarnos algo que los diálogos habían disipado momentáneamente: esa tendencia a estigmatizar al detractor político lanzando juicios irresponsables sobre la autoría de un atentado, esa necesidad tan típicamente colombiana de incentivar el odio para canalizar el dolor social y ganar réditos políticos, en fin, esa ausencia de cabeza fría y de solidaridad para reaccionar colectiva y coherentemente frente a una tragedia semejante.

La identificación casi total que hay entre la figura del presidente Santos y la negociación es uno de los muchos problemas de la paz en Colombia. Cualquiera de las fallas o de los problemas de la negociación se le pueden achacar al primer mandatario como ha sucedido en las últimas semanas, sin que prácticamente nadie asuma que el posible fracaso de la implementación no sólo será un asunto de la actual administración. Toda la sociedad deberá asumir el costo político y económico de una negociación ineficaz. La facilidad con la que se culpa a Santos de los desaciertos expresa la tranquilidad perversa a la que nos hemos habituado los colombianos viendo transcurrir una guerra lejana, que no entraba a las ciudades, y cuyo final vuelve a estar dominado por la apatía con la que se le observaba mientras vivimos ensimismados en ella.

Ahora que el proceso de desmovilización y de entrega de armas de las Farc está concluyendo, los desafíos a los que debe enfrentarse la sociedad colombiana para construir un país en paz empiezan a surgir en su verdadera dimensión. Por eso, a pesar de las necesarias críticas que deban realizársele al equipo de negociadores, el apoyo civil a este esfuerzo sin precedentes resulta más necesario ahora que en cualquier otra fase de las conversaciones.

La implementación será más larga y compleja que la negociación, pues un país sin condiciones para que se desarrollen nuevos brotes insurgentes no está a la vuelta de la esquina.

 

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