Costas extrañas

Aprendan a escribir poesía, poetas

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La poesía es el género más devaluado. Pocos se consideran aptos para ejecutar una novela, mientras que bajo el yugo del sentimiento y el melodrama cientos de miles se obstinan en escribir versos. Su insistencia es tan vigorosa y parecen escribir con tanta ligereza, que uno se ve forzado a admitir que componer versos y escribir poesía son dos actividades opuestas e incluso enemigas.

Esa impresión queda mejor ilustrada con la lectura de Correo literario o cómo llegar a ser (o no llegar a ser) un escritor. En el libro, que no supera las doscientas páginas, se recopilan las respuestas de la poeta polaca Wislawa Szymborska a numerosos poetas que enviaban sus trabajos a Vida literaria, la revista en que ella trabajaba, con el objeto de ser publicados. Las respuestas son breves, tajantes, cómicas. “¡Intente usted enamorarse en prosa!”, responde a uno. “Es fundamental cambiar de bolígrafo —dice a otro—. El que usted usa comete muchas faltas. Seguro que es extranjero”.

Aunque está lejos de ser un manual para escribir versos, Correo literario permite toparse entre líneas con una guía, ideas para iluminarse en un oficio que consiste en tantear en la oscuridad. En una de sus respuestas, por ejemplo, Szymborska escribe: “Para un verdadero artista inventar es lo mismo que imaginar con una claridad real, e imaginar las cosas con esa claridad real significa, por su parte, lo mismo que vivirlas personalmente”.

Su opinión va en absoluta oposición a la creencia —extendida en las escuelas de escritura creativa— de que todo escritor debe escribir sólo sobre aquello que conoce. La imaginación puede reemplazar, e incluso mejorar, la experiencia sobre la realidad. De modo que irse de caza a África, reventar en gritos ante una corrida de toros y sobrevivir a un accidente de avión no son, de entrada y por sí solos, garantías de prosperidad narrativa. “Lo cierto es […] que un escritor se forma en su interior, en el corazón y en la cabeza: gracias a una innata (lo subrayamos, innata) predisposición a abstraerse, a vivir de forma emocional las cosas más pequeñas, a asombrarse incluso ante aquello que a los demás les parece normal”.

El mito sobre el artista inclemente, que lleva una vida pasional sin límites, aparece con frecuencia en las respuestas —y aparece, claro, entre los intentos poéticos que le envían—. Aquí se repite en otra de sus formas: la del borracho. “Lo bueno siempre ha sido producto de mentes asquerosamente sobrias, sin ningún delicioso ronroneo en la cabeza. […] Si alguien bebe, lo hace entre un verso y otro. Es la cruda realidad. Además, si el alcohol fuera coautor de la gran poesía, uno de cada tres ciudadanos de nuestro país sería al menos un Horacio”. Puesto que la borrachera no entrega dones divinos, sólo la disciplina y la claridad mental, que se ganan con la buena lectura y el buen juicio, serán capaces de ejecutar una obra al menos aceptable. Estar sobrio parece un castigo: deja en evidencia la falta de talento.

Hasta aquí, todo cuanto he tomado de sus anotaciones se refiere sobre todo a la personalidad del autor, a su educación emocional. Pero sus apuntes tocan también los temas técnicos. En una de las repuestas habla del verso libre. “Nos apena que considere usted el verso libre como una liberación de todo tipo de reglas —escribe a un poeta en Bytom—. Escribe usted frases cortas que corta como le viene en gana y coloca algunas palabras a la derecha, y después otras a la izquierda. La poesía […] es, ha sido y será siempre un juego y no existe un juego sin reglas”. El verso corre sin presiones, pero también depende del ritmo, de ciertas reglas silábicas, de ciertas figuras literarias. Un ave vuela en libertad, pero el sistema de sus alas es complejo hasta el detalle.

En otro más explica: “En los relatos que nos envía usted hay una gran estrechez, un gran agobio y no hay ningún problema. No hay ventana hacia el exterior y por lo tanto tampoco perspectiva alguna de que en algún momento se abran”. Sospecho que Kafka decía algo similar: el mundo es más grande que cualquier tragedia doméstica, sin importar su magnitud. Afuera hay una realidad y la oscuridad excesiva, la estrechez de que habla Szymborska, sólo puede terminar en hipérbole barata. Incluso el drama debe ser controlado; el drama puede ser, si se quiere, cómico. Más adelante escribirá: “Piense usted en la vida como en una extraordinaria aventura que le está sucediendo”.

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