Por: Laura Rojas Aponte

Aprender en pijama por internet, qué fenomenal

Aprender en línea ya no es algo nuevo, ni una moda. La educación en internet está bien arraigada en la sociedad y a mí me tomó más de 26 videos, tres ejercicios y un examen darme cuenta de esa obviedad.

Hace unos meses recibí una llamada (ahí comenzó la revelación). Una antigua compañera de trabajo me invitó a dictar un curso sobre podcast, uno que sería tomado por estudiantes de distintos países gracias a las bondades de internet.

Entonces a lo largo de varias semanas hice algo que nunca había hecho: organicé la información de mi cabeza, conversé con gente que sabe de pedagogía en línea y diseñé los materiales del curso. En ese proceso decidimos tomar un enfoque práctico. Resolvimos que lo más pedagógico para mi clase sería hacer un podcast desde cero; así yo enseñaría los distintos aspectos que hay que tener presentes al momento crear un proyecto de este tipo.

Dejo el primer episodio de ese show, en caso de que les dé curiosidad

 

 

 

Luego de la planeación, vino lo más difícil. En pocos días grabé en maratón muchas clases en video con un productor audiovisual y mi compañera (que cumplía el rol de “directora del curso”). Resultó curioso que mientras yo palidecía de los nervios, las otras personas en el salón vivían otro día más en la oficina. Es gente que ya está acostumbrada.

Pasar por la experiencia con ellos me sensibilizó. La educación por internet es ambiciosa, incluyente y de vanguardia. Mientras que las universidades —por ejemplo— te plantean costos altísimos, procesos de selección con cupos limitados, un paquete completo de clases que debes tomar obligatoriamente, un espacio físico al que hay que desplazarse… los cursos en línea proponen una narrativa diferente.

A punta de inconvenientes aquí y allá vivimos en un planeta donde miles de personas no estudian. Ir a la universidad —incluso al colegio— sigue siendo demasiado costoso en términos de tiempo, esfuerzo y dinero. Muchos se quedan por fuera. Las Naciones Unidas calculan que 103 millones de jóvenes no tienen habilidades básicas de alfabetización.

Pero si nos metemos a internet, encontramos una cantidad de opciones para aprender. Allí los estudiantes tienen la posibilidad de formarse —con un pénsum estructurado— sin importar en dónde viven o a qué hora pueden sentarse a estudiar. Y hay espacio para muchos. Mi clase en línea no tiene un número definido de cupos, la pueden tomar 20 o 40 personas, así como 10.000 o 50.000.

Tenemos plataformas que cuestan desde cero pesos hasta cientos de dólares. Cada una con una personalidad distinta, pues estas ofrecen educación que convoca a distintos segmentos de la población. Por nombrar algunos ejemplos: está Coursera (con profesores de universidades), MasterClass (con clases dictadas por celebridades), DoméstiKa (para desarrollar habilidades como animación, edición de video o desarrollo web), Platzi (con énfasis en América Latina). Y la lista continúa.

En paralelo, las instituciones tradicionales complementan el salón de clases con aulas virtuales. Sospecho que se acabó el tiempo donde se miraba a la educación a distancia como un premio de consolación, como algo que hace la gente cuando no puede desplazarse físicamente.

Llegamos a cierta madurez en la educación virtual. Esta etapa incluye a expertos pensando en educar desde la pantalla (que es algo distinto al salón de clases), tenemos a una comunidad de estudiantes comprometidos (si vieran los comentarios que han dejado en mi curso ♡) y, finalmente, contamos con la posibilidad de educar a cualquiera con una conexión a internet.

Estoy francamente conmovida con las posibilidades. Haré un té con limón y me pondré a estudiar sobre modelos de negocio, un tema que cautiva mi curiosidad recientemente. Ahora sí, ¡a aprender lo que me antoja y a aprenderlo en pijama!

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