Por: Fernando Araújo Vélez

Aprendiz de personaje

Él, profesor connotado, viejo lector, escritor en sus horas libres, bogotano, medio sabio, barba blanca, vestido ajado, corbata roja y suéter.

Ella, alumna aplicada, lectora de novelas subterráneas, aprendiz de escritora de horas libres, barranquillera, ojos transparentes, sonrisa grácil, vestidos cortos a la última moda y tacones de siete centímetros. Él, vergonzante fanático de Leo Dan y Luis Aguilé, eterno enamorado en las sombras de  Isabel Sarli y coleccionista de poemas eróticos. Ella, atormentada seguidora de Virginia Wolf, solterona a la usanza de los años 50 pese a sus veintitantos y cantante frustrada de cabaré.

Él imparte sus lecciones desde varias décadas atrás, por eso suele distraerse, perder el hilo, trastocar los nombres o las fechas. Todo es rutina. Ella anota en su libreta hasta sus desvaríos. Le ha pedido en varias ocasiones que la deje grabarlo, pero él se opone, obstinado. “Si me grabas no me vas a poner atención”, le dice.  Los cursos literarios en los que ella se matriculó van ya por el sexto semestre. Lo único que le ha quedado en claro es que está confundida. No sabe qué cuentos escribir ni con qué personajes. Sin embargo, escribe y rompe, escribe y rompe. En definitiva, le parece imposible conjugar la teoría del profesor con “sus” relatos.

¿Y si lo tomo como personaje?, piensa ella una tarde, feliz por su ocurrencia y más feliz aún con las posibilidades que le ofrece el profesor. Ahora lo observa más y mejor. Cómo camina, cómo se viste, cómo respira. Haría lo que fuera por conocer más de su vida. ¿Tendrá esposa? ¿Hijos? ¿Una amante por ahí? ¿Quizás algún crimen? Él ha comenzado a sentir que las miradas de antes se han vuelto cada vez más incisivas. Lo siente, sólo eso. No lo puede comprobar. Un miércoles descubre a su alumna analizándole los zapatos. Los ve, piensa un rato con el lápiz entre los labios y escribe. Los ve y escribe. Un jueves la sorprende dibujando con torpes líneas sus gafas. Imagina un posible beso. Cierra los ojos. Olvida su parlamento. Se le acerca, entre tímido y nervioso. Ella intenta esconder su libreta pero se le cae al piso. Él la recoge, ya como el personaje de un relato que aún no tiene título.

 

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