Aprendiz de rapsoda

Noticias destacadas de Opinión

Lina entró en la habitación con cara de que se traía algo entre manos. Del baúl que tenía al pie de la cama sacó tres sombreros, un par de guantes largos y los sobrantes que le pidió a la profesora de costura. Ahora decía que quería ser ¿rapsoda? Después de comprobar que ninguna de nosotras sabía el significado de esa extraña palabra –algo que seguramente ya intuía–, puso los ojos en blanco, como hacía cuando estaba a punto de rescatarnos de las garras del no saber. Dijo que los rapsodas viajaban por el mundo interpretando poemas, desgastando las suelas de unos zapatos que no cualquiera podía calzar. Después nos soltó un discurso sobre la importancia de prestar atención a las vocaciones tempranas y lo orgullosa que se sentía por haber descubierto lo que quería hacer el resto de su vida. Y había que ver con qué énfasis pronunció las últimas palabras de la frase: “El resto de mi vida”. Como si el “mi” fuera un cuchillito de mango plateado que señalaba su pecho haciendo la presión justa para no herirla. Y ese “vi-da”, con una pausa interpuesta entre las dos sílabas que era como una estrella partida por la mitad. Lina Galíndez tenía la impronta de un bolero: era puro teatro.

Su lámpara seguía encendida cuando las monjas hacían la ronda de las nueve y media. No sabía estudiar en silencio. Sor Ángeles amenazaba con mandarla a dormir al cuarto trasero de la capilla, pero Lina, con el pelo recogido en media docena de moños amarrados con tiras de algodón y enfundada en uno de los camisones bordados que su “amama” le enviaba desde España, insistía en repasar sus versos a viva voz, hasta aprendérselos de memoria. Decía que era parte de su entrenamiento de ¿rapsoda? Menuda palabra era esa.

—Si quiero ser como Berta Singerman, debo concentrarme en mi expresión corporal y en una adecuada entonación de mi voz. Ella es una princesa rusa. Y no vayáis a creer, señoritas de poca fe, que son exageraciones mías. Lo digo en serio. Berta Singerman nació en Rusia. ¡Y es hermosa, hermosa, hermosa! ¿Con quién podría compararla? ¿Con qué?... Si vierais cómo mueve las manos. ¡Oh, aquellas manos! Os aseguro que no hay otras así. Ni unos ojos como los suyos. Ni una voz tan dulce y a la vez tan fiera.

Lina fijó la mirada en un punto del patio de butacas que, valga decir, solo existía en el jardín anárquico de su imaginación. Los primeros versos llegaron con el tono distinguido de su acento vasco:

—Tú me quieres alba, / me quieres de espumas, / me quieres de nácar. / Que sea azucena / Sobre todas, casta. / De perfume tenue. / Corola cerrada.

—Vosotras no sabéis por qué, pero cuando yo digo: “me quieres de espumas, me quieres de nácar” y, al mismo tiempo, muevo las manos así, ¿lo veis?, o así, el vaivén de la espuma y el brillo de la madreperla dejan de ser impalpables. En mi voz, en el movimiento de mis manos, las palabras se convierten en materia viva que podéis oler y tocar: cal tibia, yeso, lodo, arena de playa, tierra negra como la mala suerte. ¿Lo entendéis ahora? Que sepáis que no tiene mayor importancia si lo entendéis o no. Lo importante es que sintáis, que os vayáis de este, nuestro humilde patio de butacas del colegio Santa Rita, sintiendo que estuvisteis paseando por una casa encantada: el poema. Yo seré vuestra anfitriona.

sorayda.peguero@gmail.com

Comparte en redes:

 

Te contamos que estamos trabajando en nuestra plataforma tecnológica para que sea más fácil de disfrutar, por eso no podrás hacer comentarios en los artículos. Estarán activos próximamente. Gracias por tu comprensión.