Por: Hugo Sabogal
Beber

Apuntes para el goce

El espíritu de celebración ronda el ambiente y las razones para festejar se multiplican, sin que podamos hacer nada para evitarlas.

Justo ahora nos hallamos prestos a liberar las dietas que celosamente hemos guardado durante buena parte del año, con la única esperanza de poder apretar el cinturón y recuperar el control a partir de enero.

Sin ánimo de ser aguafiestas, retransmito algunas pautas para aplicar en el momento mismo del deleite.

Las tomo de varios autores, en particular del italiano Giuseppe Sicheri, quien las despliega, con lujo de detalles, en su libro El poder curativo del vino. Es un trabajo en el que devela no pocos secretos para hacer de la milenaria bebida “un eficaz bálsamo de salud y belleza”.

Sicheri bautiza al vino como “bálsamo” porque reconoce en su composición una serie de asombrosos beneficios, muy en consonancia con los señalados por científicos como Jack Arthur Masquelier, autor de Natural Products as Medicinal Agents.

Masquelier, por ejemplo, identifica estos once: tranquilizante, sedante, anestésico, vasodilatador, favorecedor de la absorción intestinal de las grasas, estimulante del incremento del colesterol bueno, diurético, energético, analérgico, agradable al gusto y (lo más digno de tener en cuenta) no dotado de toxicidad siempre y cuando se consuma en dosis terapéuticas.

Para estos investigadores, uno o dos vasos por comida sería la cantidad adecuada, especialmente si el consumo se produce en temperaturas elevadas, como suele ser el caso en un país tropical como Colombia.

Superar las dosis citadas, dice Sicheri, pone a trabajar el hígado al doble de su capacidad, pues dicho órgano debe lidiar en paralelo con los efectos de la alta temperatura exterior.

Si la ingesta es superior a dos copas, debe acompañarse con cantidades equivalentes de agua, alternándolas: unos sorbos de vino seguidos de unos sorbos de agua. Esta costumbre se practica sin falta en la mayoría de los países mediterráneos y del sur del continente. Sin embargo, en nuestro caso, es un hábito que estorba y le quita combustible a la diversión.

Y como el vino no suele ir solo sino acompañado de abundante comida, Sicheri propone, antes del primer brindis, tomar una taza de café. La cafeína retrasa la absorción del alcohol e impide su concentración en la sangre. Igual de efectiva resulta ser una taza de café después del almuerzo o de la cena.

Por otro lado, la proteína del queso y el azúcar presente en casi todos los postres también retrasan la concentración del alcohol en la sangre. En algunos casos, esa disminución puede llegar hasta un 50 por ciento.

Ah, y otro producto de efectividad comprobada es el aceite de oliva. Mucha gente toma una o dos cucharadas antes de beber.

En lo posible, evite tomar fermentados o destilados con el estómago vacío. Aceitunas, pan o pequeñas tapas siempre le disminuyen al estómago la descarga del primer alcohol.

Como ve, son apuntes prácticos y sencillos para los momentos que se avecinan.

Aunque admito que el objetivo de Sicheri y otros autores es valorar el sentido de la moderación como única forma de disfrutar plena y conscientemente lo que baja por nuestra garganta.

Y es por eso que Sicheri reproduce apartes del libro Il vero bevitore, del escritor italiano Paolo Monelli, quien señala que el “auténtico bebedor sabe cuándo detenerse, no porque esté saciado, sino porque la ebriedad alcanzada le parece suficiente”.

Felices y sosegadas fiestas.

 

 

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