Por: Reinaldo Spitaletta

Aquella huelga de señoritas

Bello, la “aldea arcadiana” que en la primera década del siglo XX se tornó en pionera de la industrialización antioqueña, se estremeció en febrero de 1920, con una insólita huelga de señoritas.


mso-ascii-theme-font:major-latin;mso-hansi-theme-font:major-latin">Más de cuatrocientas muchachas, trabajadoras de la Fábrica Textil de Bello, se declararon en cese de actividades para solicitar no solo alza de salarios y disminución de la jornada laboral, sino el respeto personal, ante el acoso de vigilantes y capataces.


mso-ascii-theme-font:major-latin;mso-hansi-theme-font:major-latin">El movimiento, considerado como la primera huelga en Colombia, aunque antes hubo demostraciones similares de mineros, ferroviarios y paros de artesanos, fue cubierto por la prensa regional y nacional. Era un hecho nada común, que se ganó la simpatía de curas, periodistas, comerciantes, estudiantes y de casi toda la sociedad.


mso-ascii-theme-font:major-latin;mso-hansi-theme-font:major-latin">La fábrica, llamada al principio Compañía Antioqueña de Tejidos, contrataba mano de obra femenina, muchachas entre los ocho y dieciocho años. Situada muy cerca de la quebrada la García, en lo que hoy se conoce como el barrio Playa Rica, había instalado, gracias a las gestiones de Pedro Nel Ospina (que después sería presidente de Colombia,), motores hidráulicos, 102 telares y 2.640 husos, montados por técnicos e ingenieros ingleses.


mso-ascii-theme-font:major-latin;mso-hansi-theme-font:major-latin">Algunas trabajadoras, que entraban desde muy niñas para ganarse el vestido de la primera comunión, necesitaban bancos para pararse a laborar en los telares. Las jornadas eran de más de doce horas, y por eso las huelguistas declaraban que “no nos pongan a trabajar de seis a seis” y que les dieran una hora para almorzar. Otra de las peticiones era que las dejaran trabajar calzadas. En efecto, uno de los propietarios de la empresa, Emilio Restrepo, alias Paila, había prohibido el uso de zapatos dentro de la fábrica.


mso-ascii-theme-font:major-latin;mso-hansi-theme-font:major-latin">Bello era entonces un lugar de calmas. Más parecía, según un cronista de El Correo Liberal, “un buey tendido en la llanura, paciendo, que una cabecera de Municipio”. El sosiego se rompió, al vuelo de campanas, con la protesta de las obreras, lideradas por Betsabé Espinal. Los reporteros describieron el alzamiento como “encantador” y las huelguistas eran “doncellas en rebelión”.


mso-ascii-theme-font:major-latin;mso-hansi-theme-font:major-latin">Betsabé, nacida en Bello en 1896, fue calificada como una suerte de Juana de Arco y la prensa la llenó de elogios y poemas. Los reporteros además convocaban a la “sociedad de Medellín a acudir en auxilio a las obreras de Bello”. Una de las peticiones, acordadas por Betsabé y otras trabajadoras como Adelina González, Carmen Agudelo y Teresa Tamayo, era la de unificar los salarios de hombres y mujeres. Una obrera ganaba a la semana entre cuatro


mso-ascii-theme-font:major-latin;mso-hansi-theme-font:major-latin">centavos y un peso, al tiempo que un trabajador por el mismo oficio recibía entre un peso y dos pesos con setenta centavos. “Pedimos aumento de salarios para no morir de hambre y tristeza”, decían.


mso-ascii-theme-font:major-latin;mso-hansi-theme-font:major-latin">Durante los 21 días que duró la huelga, la figura de Betsabé creció hasta convertirse en un paradigma de la lucha por la dignidad y las reivindicaciones de las obreras. “Betsabé era en esos momentos supremos la justicia hecha mujer que surgía del antro pavoroso de todas las injusticias”, decía el reportero Tintorero, del periódico El Luchador. Aquellas muchachas, que según El Curioso Impertinente, cronista de El Espectador, “tenían un delicioso abandono en el traje y una extraña alegría en el rostro”, pasaron a la historia por su carácter y espíritu combativo.


mso-ascii-theme-font:major-latin;mso-hansi-theme-font:major-latin">Las obreras ganaron la batalla: hubo aumento salarial, despidieron a los acosadores, rebajaron la jornada a diez horas, tuvieron tiempo para almorzar y tomar el “algo” y pudieron entrar calzadas a la fábrica. Betsabé Espinal murió en Medellín en 1932, electrocutada por “alambres de luz” cuando intentó apartarlos, porque estorbaban al frente de su casa, cerca del cementerio de San Lorenzo.


mso-ascii-theme-font:major-latin;mso-hansi-theme-font:major-latin">Qué tiempos aquellos en que los periódicos, como El Correo Liberal, abrían suscripciones populares para auxiliar a las huelguistas, en una idea de solidaridad y justicia social. Bello acaba de cumplir cien años de vida municipal y en sus deprimentes fiestas oficiales para nada recordaron la gesta obrera de Betsabé y sus muchachas. 

 

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