Por: Sergio Otálora Montenegro

Aquellos días de abril

Miami.-Decían sus amigos que todos los días aparecía un mensaje siniestro, una intimidación. Que estaba deprimido, que casi no dormía. Veinticuatro horas antes de su asesinato, una amenaza de bomba retrasó el vuelo en el que viajaba Martin Luther King a Memphis, donde había una huelga de trabajadores de la limpieza, la mayoría de ellos negros.

La tensión se podía tocar, había reacciones negativas por todos los flancos. Los telegramas, provenientes de los rincones más apartados del país, publicados en el diario Jornada, registraban muertos y más muertos de dirigentes y militantes del gaitanismo, en una espiral de violencia que no parecía tener fin.

El mes de abril, no era distinto al febrero de ese año, 1948, cuando una multitud contenida en su silencio de indignación, demostró que no le era ajeno el exterminio de un movimiento, liderado por Jorge Eliércer Gaitán, quien, en plena plaza de Bolivar, le pidió al presidente Ospina que parara la vesania, y le dijo que un partido que era capaz de exhibir semejante disciplina colectiva, podía también actuar en legítima defensa ante la agresión. Eso sin duda molestó al poder y prendió todas las alarmas.

Muchos se incomodaron cuando King decidió, en 1965, criticar de frente la guerra de Vietnam, entre ellos el presidente Lyndon B. Johnson, quien dos años atrás había sancionado la ley de derechos civiles, fruto directo de una lucha que empezó en Montgomery, Alabama, un primero de diciembre de 1955, el día en que Rosa Park decidió desobedecer las leyes de segregación y no cederle el puesto a un blanco en el autobus.

Para el poder agrario, con ínfulas de aristocracia, Gaitán era una piedra en el zapato, un negro, un indio, que estaba moviendo el broche más allá de lo debido. Su oratoria producía escozor, su movimiento crecía en todo el país, había conmoción: una muchedumbre se asomaba al siglo XX, a la modernidad, en medio del estrépito de un caudillo que decía que no era un hombre sino un pueblo.

A los ojos del FBI, King era un comunista. Desde 1961, le rastreaban sus llamadas, lo espiaban. J. Edgar Hoover, el sabueso mayor, lo tenía en la mira. Eran los estragos de la guerra fría, que en 1948 ya había prendido sus motores bajo la égida de Truman, y Colombia se convertía en el epicentro de una reunión panamericana. Gaitán se perfilaba como un peligro inminente. El Black Power era una amenaza, también las posturas más radicales del Reverendo King: el sistema económico estaba detrás de la injusticia, también blancos en la pobreza extrema, sueldos de miseria, había que acabar con la marginalidad, redistribución de la riqueza en Estados Unidos.

La muerte de Martin Luther King generó protestas e incendios, y rabia, en más de cien ciudades de la Unión Americana. El centro de Bogotá, los edificios más representativos del poder, quedaron destruidos por las llamas y la ira popular. Roa Sierra, el asesino de Gaitán, fue linchado. Su cuerpo semidestrozado quedó a pocos metros del palacio presidencial.

Los autores materiales del crimen de Martin Luther King fueron castigados. No se pudo probar nunca la teoría de la conspiración, pero quedó la sospecha para la historia de que detrás de ese asesinato, estuvo la sombra del Estado. Los chulavitas, la policía política del régimen conservador de Ospina Pérez, ejecutaron el aniquilamiento del gaitanismo. Por eso, pocos creen la teoría del loco solitario que disparó contra el “jefe máximo” del partido liberal.

Cuarenta años después, Barack Obama, el candidato afroamericano a la nominación Demócrata, prefirió hacer campaña en otros estados, y no visitar el sitio donde cayó su inspirador, un 4 de abril. Escogió el presente y no el pasado. El 9 de abril, de 1968, enterraron a King. Trescientas mil personas asistieron a los funerales.

Sesenta años después, en otro 9 de abril, Colombia sigue enredada en su pasado insuperable, en su presente sangriento. Martin Luther King es recordado en las escuelas, en las universidades, el día de su nacimiento es fiesta nacional. Es un héroe. Con el paso del tiempo, Gaitán se ha diluido. Es asunto de veteranos. Los testigos de esa época se están extinguiendo. La pobreza sigue marcando a los afroamericanos, sus barrios son gueto, hay racismo, pero los negros han llegado al poder. Y uno de ellos está a las puertas de la Casa Blanca.

Siguen los mismos gritos de guerra, la máquina de exterminio no ha parado un segundo, el pasado no existe, pero sus fantasmas siguen tan reales, que incluso, doce lustros después, hay una marcha del silencio, como si la historia se pudiera reproducir como una fotocopia, contra la impunidad. Seguimos perdidos en un túnel demasiado largo.

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