Por: Jaime Arocha

Aquí no escampa

La cotidianidad del racismo no lo hace digerible. Cuando pasó los exámenes de admisión, Sugey Valois se presentó al chequeo médico requerido. La enfermera responsable le explicó que ella figuraba como estudiante “regular”. Había imaginado que, en consecuencia con la reforma constitucional de 1991, la acción afirmativa que introducía la Universidad Nacional de Colombia la incluiría, pero era para negros y negras del Pacífico, a quienes el DANE preclasifica como “población excluida, discriminada y marginada a través de la historia”**, dejando por fuera a quien era educada y se portaba como otras bogotanas.

Aquello de estudiante “regular” no obsta para que compañeros, profesores, administradores y vigilantes del campus la inferioricen por ser negra. En su casa, los triunfos de deportistas y cantantes negros son terapia contra la estigmatización. Allí las recetas de la cocina bonaverense que prepara su mamá y la fe de ella en que al enterrar los ombligos de los recién nacidos los hermana con la naturaleza le recuerdan a Sugey su identidad afrocolombiana.

Esa última conciencia étnica ya es el medio para contrarrestar el vapuleo por la identidad racial. Así quiso que otras estudiantes negras se nutrieran de su aprendizaje. El vehículo consistió en los cubos iluminados con retratos de las personas negras que habían migrado a Bogotá entre 1940 y 1960, desde los dos litorales y la zona plana del Cauca. La Dirección de Bienestar había distribuido por el primer piso del edificio de aulas de Ciencias Humanas el amueblamiento de la exposición titulada Presencia Negra en Bogotá. Los profesores Mercedes Angola de Artes y Maguemati Wagbou de Derecho la habían llevado a cabo en el Museo del Claustro de San Agustín desde donde había pasado al campus principal. Infortunadamente, la mayoría de alumnos despreció el simbolismo de las piezas y las llenaron con chorreones de comida calentada en los microondas de la cocina situada al fondo. Entonces, Sugey se propuso rescatar y restaurar los cubos para hacer énfasis en que esas personas negras figuraban bien ataviadas, elegantes, ejerciendo profesiones dignas a partir de su ser histórico-cultural.

La idea fracasó. Mientras Sugey y sus compañeras inventariaban las piezas, a todo el mundo le hablaban de la reivindicación étnico-racial que las animaba. Cuando al fin llegaron a rescatar los cubos para distribuirlos por varios hitos arquitectónicos del campus, tan sólo quedaban las armazones de madera. El robo anónimo tenía el antecedente de que —además de su identidad— Sugey se había manifestado contra las estrategias de los encapuchados participantes en el foro Adiós a la guerra, referente a cómo el proceso de paz con las Farc requería sustituir pedreas y papas-bomba por discursos concordantes con el diálogo y pluralidad académica. La crítica de Sugey se debía a la perplejidad que —recién ingresada— le había causado la pedrea hacia su salón de clase como pedagogía a favor de la lucha armada. Hoy, abandonada esa lucha, sería deseable que el posconflicto también contribuyera a demoler el racismo cotidiano.

* Miembro fundador del Grupo de Estudios Afrocolombianos, Universidad Nacional.

**DANE, Dirección de censos y demografía. Estudio socioecnómico de la población afrocolombiana. Censo general 2005. Bogotá, marzo de 2008.

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