Aquí va a pasar algo

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Cometeríamos un error muy grave si pensáramos que lo que está matando al mundo es Donald Trump.

Trump, con su cinismo, su arbitrariedad, sus estridencias y sus desplantes, es apenas un símbolo de lo perdida que está esta época y de lo inmensos que son sus peligros.

Lo que está matando al mundo es una manera de vivir, la inercia de unas costumbres, la vanidad de unos méritos y el triunfo de una ilusión. Si hemos llegado hasta acá es porque para acá veníamos, y no fue Donald Trump quien nos trajo.

Es porque no sabemos para dónde vamos por lo que queremos ir cada vez más de prisa. Damos vueltas y vueltas como el tigre en la jaula. Vivimos un conflicto entre la casa y el mundo. Como el mundo nos da miedo, la casa es nuestro refugio. Pero cuanto más limpia está la casa, más sucio está el mundo.

Cuanto más poder queremos tener sobre nuestra vida, menos poder tenemos sobre la vida. Ya la salud no es algo que se cuida sino algo que se compra. Como no nos queremos perder ningún espectáculo, estamos comprando boletos de primera fila para el apocalipsis.

Conocí a alguien que cuando le preguntaban: “¿Y usted qué hace?”, contestaba: “Yo no hago nada, yo todo lo compro hecho”. Todos somos esa persona que ya no tiene tiempo para hacer, y piensa que la industria la va a proveer de todo.

Todo viene listo para el consumo, preparado, empacado, diseñado, diez veces más envuelto en basura de lo que estuvo nunca. ¿Y a dónde va todo lo que tocamos? Ya no se va al olvido como en los viejos poemas, ahora se va a envenenar el mundo. Total, como el mundo no es nuestra casa, no nos importa. O solo nos importa cuando salimos a las playas y las encontramos llenas de plásticos, de botellas, de tapas, de bolsas. El mundo nos parece feo y sucio, y cae la tarde.

Más gasolina, más plásticos, más velocidad, más basura, un nuevo teléfono celular cada año, y luego todo lo arrojamos al vientre de la tierra. La tierra ya no puede digerir tanta ciencia, pero no nos importa. Somos los reyes de la creación, somos los emperadores de Roma, somos Donald Trump.

¿Que hay un cambio climático? Eso se borra con un chiste. ¿Que hay una pandemia? Basta cerrar los ojos. ¿Que se hundió la economía? Somos grandes, todo lo hacemos bien. Somos América. Somos la especie humana. Somos los más exitosos. Nadie nos ganará jamás. Más coches, más consumo, más velocidad, vamos más rápido.

Pero los emperadores duraban pocos años. Eran demasiado arbitrarios, demasiado cínicos, tapaban el sol con las manos, sabían que solo hay que dar pan y circo, y cuando falta el pan, doble ración de circo. La especie humana es veleidosa, cree todo lo que dicen los altavoces. Para seguir confiada un rumbo, le basta ver que muchos lo siguen. Aunque la próxima estación sea el abismo.

¿A quién elegir? No al que diga la verdad, sino al que diga cosas menos incómodas. Al que nos confirme en nuestros hábitos. Lo nuestro es la lógica del rebaño: “He vivido como todos, quiero morir como todos, quiero ir a donde van todos”.

Otra vez: lo que está matando al mundo es una manera de vivir, la inercia de unas costumbres, la vanidad de unos méritos y el triunfo de una ilusión. Y siempre habrá un Trump que venga a adularnos y a decirnos que vamos muy bien. Que vamos más lejos, que vamos más de prisa, que están en promoción los boletos para el gran espectáculo.

Este año la naturaleza nos ha puesto un gran escollo en el camino. Era una invitación a meditar, como todo lo que hace la naturaleza. El capitán del barco sintió que era la oportunidad de hacer una cabriola. Sobreviviré, dice la canción. Este es el barco de los triunfadores. Podían perecer cientos de miles: si él lograba escapar, cobraría el aplauso.

Pero el rumbo del mundo no depende del bufón que hace cabriolas en la cubierta. El mar está sembrado de bloques de hielo, el barco es viejo y el norte magnético se está desplazando. Si hubiera un mapa y ojos vigilantes, podríamos encontrar algún rumbo.

Al parecer no sirven las advertencias. El que muere de sed tiene que tomar pronto el agua en su botella de plástico. Y si hace mucho calor, se encierra en su casa. Y si el mundo se vuelve el desierto de Mad Max, tratará de sobrevivir entre las ráfagas.

Nadie se siente capaz de rediseñar el mundo. Y la democracia tiene su estribillo: “Elijamos a nuestros salvadores”. Pero ya nadie está en condiciones de salvarnos, porque tendría que salvarnos de nosotros mismos, de nuestra manera de vivir, de nuestra manera de soñar.

Entonces cada quien tendrá que salvarse. Si lo hacemos solos, cada quien estará en el desierto de Mad Max o en La Carretera de Cormac McCarthy.

Lo otro exige más: no simplemente cambiar de jefes o de bufones, sino algo más difícil, cambiar nuestra manera de vivir y nuestra manera de estar juntos.

Es pedir demasiado, lo sé muy bien. Pero el espectáculo está a punto de comenzar. Y todos sabemos que aquí va a pasar algo.

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